Colaboración Especial
RAÍCES Y RAMAJES
Escarbar siguiendo el trazo de las raíces o reconocer en las ramas el mejor sitio para el nido, es emocionante labor de tuzas o de cuervos (pienso en las tuzas del llano de Huejúcar y en los cuervos de los álamos de El Marecito), y es tarea metafórica de los genealogistas, si se trata de un árbol genealógico. La empírica y crédula exploración nos lleva a delimitar raíces y frondas, ya en el campo de la alegoría. Cuando Roberto Cabral del Hoyo canta De mis raíces en la tierra, y Ramón López Velarde se reconoce así:
Soy la fronda parlante en que se mece
el pecho germinal del bardo druida
con la selva por diosa y por querida,
o regresa de la metáfora a la “maléfica” realidad del Jerez destrozado por la Revolución:
hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda;
o bien reaparecen las melenas salvajes de los fresnos que circundan el jardín de Huejúcar, raíces y ramas trascienden el suelo y los veinte metros de atmósfera para delimitar, junto con el ámbito geográfico, la desbordada cumbre del máximo crecimiento espiritual.
Necias divagaciones éstas, para venir a decir que Ramón López Velarde y Víctor Sandoval comparten raíces y frondas. Dos hijos de esta tierra, dos creadores de la belleza, se hermanan en un galardón: el Premio Iberoamericano de Poesía que otorga Zacatecas. Si López Velarde, nacido en Jerez, Zacatecas, bien pudo haber sido engendrado en El Marecito, de Tepetongo, Zacatecas, con mayor probabilidad Sandoval vino a este mundo en Huejúcar, Jalisco, pero vio la primera luz en la ciudad de Aguascalientes. Me atengo a la fantasía y dejo la responsabilidad de datos y fechas a los heroicos genealogistas. Hace unos días, dentro de las celebraciones lopezvelardeanas, se dijo por aquí, a propósito de la presencia de la zacatecana-aguascalentense Dolores Castro, que quienes han logrado una estatura incuestionable, en el arte o en cualquier otro campo, ya no pertenecen a un rancho o a una demarcación política, sino que, como Sócrates, son ciudadanos del mundo, “patrimonios de la humanidad”.
De cualquier manera, sin excedernos en las pretensiones positivistas de la Sociología de la Literatura, que encarcela al poeta en condicionamientos más o menos externos, como raza, religión, clima o momento, bien podemos ufanarnos de constituir una región estética y geográfica, y proclamar, ante López Velarde, Dámaso Muñetón, Francisco García Salinas o Víctor Sandoval: “somos de la casa”. Si Eugenio del Hoyo, otro pariente, agranda le herencia de un solar a todo un pueblo, en Jerez, el de López Velarde, además de la dimensión regional que demandamos, Víctor Sandoval, como Octavio Paz o Alfonso Méndez Plancarte, puede nombrar a Ramón el poeta de México, y Pablo Neruda y otros, el maestro de la lengua castellana. Aún más, dice Ramón:
mis hermanos de todas las centurias
reconocen en mí su pausa igual.
sus mismas quejas y sus propias furias.
Ciudadanos del mundo, pues, por derecho de conquista.
En el caso presente, el premio no deja de ser Iberomericano por el hecho de la cercanía física y espiritual de dos poetas. Tal vez el calor se iba alejando. Tal vez la mirada se iba perdiendo en la lejanía. Pedimos, pido a Víctor Sandoval, ya que está cerca de quienes deciden desde fuera, que no aparten la mirada de Zacatecas. Que nos sentimos honrados con el honor a nuestro Ramón, pero que en esta tierra no ha muerto la savia, no se han marchitado las flores ni secado los frutos. Seguimos cantando. Hay cosecha y hay oídos para todos. Es el momento de la apertura generosa.
No es difícil encontrar relación entre el epónimo y el galardonado. Aparte de la fecunda labor de difusión de la obra velardeana, Sandoval ha cultivado también al poesía propia. Es del mismo bando de Ramón. Intentar siquiera imitar la voz inimitable de López Velarde, es un afán suicida. Nos amenaza el estigma que quizá pronunció, según dicen, Alfonso Reyes: “Bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán nuestros defectos”. López Velarde cambió el tono, cambió el rumbo, revolucionó honda, festiva y preciosamente, el modo de sentir y de cantar, no a Jerez, no a la patria, sino al hombre mismo. Muchos han proclamado a Ramón López Velarde el “padre soltero de la poesía mexicana”, el que dio a la patria una visión, una sensibilidad íntima y “más preciosa”, el iniciador de la literatura contemporánea, al menos en lengua castellana. También lo pregona Víctor Sandoval: “inicia la modernidad mexicana en la literatura, con él patria se mira a sí misma” (La poesía en México, 1940-1999, p. 7); señala la herencia velardeana en “la mexicanidad y la universalidad, el contenido cívico y social, los rasgos eróticos, la fascinación por los países, el sentido místico” (Id., p. 8). Me gustaría que se profundizara más en la hondura del conflicto humano entre bien y el mal que Ramón expresó como nadie, poesía que no es concesión maniquea, que no enciende una vela a Dios y otra al diablo, sino que es martirio y placer aceptados y venerados, crucifixión y resurrección, todo resuelto en el humanísimo y bello símbolo de la mujer. No en la evasión mística que tanto desagradó a Altamirano, sino en la fruición dionisíaca de los sentidos y en la idealización apolínea y suprema de la devoción y el arte. Hablo de Ramón y hablo de Víctor, cada quien a su modo. Ramón prefiere, desde el campo o desde la ciudad, la inocencia aldeana. Por favor ya no se hable de lo provinciano como algo “bobalicón” e ingenuo, frente a lo urbano elegante, refinado y pecaminoso. Provincianos fueron los mejores escritores latinos: Virgilio y Titio Lovio, los norteños que no perdieron la enetonación, Cicerón, el de las afueras de Roma, Horacio, vecino de Mar Adriático, Aurelio Agustín, el africano de Hipona. Provincianos son la mayoría de los escritores mexicanos. El esquema imperial de la metrópoli, deje sólo las ventajas de la comunicación, edición y proyección, pero no se apropie de la capacidad creadora. “Los capitalinos somos más vivos”, dijo lamentablemente un chico de buena ropa y poca cultura. El enfoque y los temas de Ramón y Víctor son distintos. Y es el momento de hablar del estilo, que, si creemos a los tratadistas, es lo indivudual, lo que distingue y caracteriza, no lo que uniforma y estandariza. Ramón enseña a ser uno mismo. Esta lección la veo aplicada en la poesía de Víctor Sandoval. López Velarde canta desde el alma de los pueblos y las capitales; Sandoval desmenuza, penetra la estructura de la ciudades; llega a alejarse estética y sentimentalmente del semidesierto que le es vecino:
Otras sombras serán las que me habiten.
no el páramo, el desierto y su carroña,
no el polvo y su tropel de hiuzachales.
(Agua de temporal, I, p. 109).
Yo, que ahora comento, yo, que me reconozco seguidor de López Velarde, ¿tengo también mi preferencia, mi autenticidad, mi estilo? Dije en un poema sobre Zacatecas, “Altiplano”:
La patria tiene alma de montaña.
Pino, menos que roca.
Más soles que rocío.
Nunca la savia enana,
sino el inmenso polvo.
Dios hizo toda la creación y toda la belleza. A los poetas nos toca nuestro modesto fragmento, pero todo iluminado por la belleza total, manifestado en un humanismo que es de todos. También es lección de Ramón. Y, seguramente, sigue habiendo poetas porque históricamente hubo un Ramón; los habría de todos modos, pero sería distintos: patente o latente, ahí está la marca de fuego lopezvelardeana. Todos tenemos algo de su sello, “somos de la casa”. En nombre de Ramón López Velarde, bienvenido a Jerez, paisano, pariente en la poesía y en el amor: Víctor Sandoval de León.
Jerez, Zac., 18 de junio de 2007.
Veremundo Carrillo Trujillo
Sonido y Visión
AHORA SON 13 O CÓMO ENCONTRAR EL STAR SYSTEM
Steven Soderbergh lo planteaba a principios de este siglo: “El movimiento independiente, tal como lo conocemos, ya no existe y es posible que ya no pueda volver a existir. Ha muerto” (en Biskind, Peter. Sexo, mentiras y Hollywood. Ed. Anagrama, 2006). En efecto, a lo que hoy se le llama cine independiente, difiere mucho de la concepción original; ahora, los grandes estudios atrapan los talentos en la dirección mucho más rápido que antes,
Como una especie de regreso al paraíso perdido del star system, cuando las películas se sostenían por la presencia actoral por sobre el resto de los componentes fílmicos, Steven Soderbergh filmó hace algunos años La gran estafa (01), recordando al famoso Rat Pack; la cinta reunió a varios actores que normalmente participan como protagónicos en sus respectivas apariciones y que a estas alturas del partido, dado el desorbitado pago que se les suele hacer, es difícil conseguir para un mismo film.
La fórmula funcionó en parte gracias al tono de camaradería que trascendió a la pantalla y se realizó una secuela, La nueva gran estafa (04), más bien rutinaria. El impulso alcanzó para presentar una tercera entrega de la glamorosa banda asaltacasinos, con la adhesión de Al Pacino, figura clave en el mundo de la actuación hollywoodense y, ante la ausencia de Julia Roberts y Catherine Zeta-Jones, de Ellen Barkin de quien se había visto poco en los últimos años: ambos ya habían sido protagonistas de aquel thriller erótico titulado Prohibida obsesión (Keller, 89).
Ahora son 13 (Ocean´s Thirteen, EU, 07) parte de la misma premisa y se desarrolla igual que sus predecesoras: la banda asume la misión de echarle a perder la fiesta de inauguración de su hotel-casino a un magnate gandalla (Pacino) que le hizo una mala jugada al viejo Reuben (Elliot Gould). Diseñarán un intrincado plan que incluye alterar los juegos, provocar una mala evaluación del sitio y dejar en ridículo al obsesivo dueño que nunca pierde y que cuando pierde, arrebata. Si bien el dicho plan y su realización no están exentos de ingenio, el énfasis de la cinta está en otra parte: en la mirada a las estrellas hollywoodenses.
Recuperando cierto estilo visual de Tráfico (00) en el uso de la paleta cromática, ya presentado en el segmento con el que el director participó en Eros (04) y una fotografía que pone el ojo en busca de la sofisticación, la cinta se apoya fundamentalmente en las interpretaciones de George Clooney y Brad Pitt: estafadores análogos en una era digital, como bien los describió otro de los múltiples personajes que deambulan por este proyecto coral. Desde el vestuario hay añoranza: los diálogos y el humor generado entre ambos, pueden hacer que valga la pena el boleto. Incluso en algunos intercambios se llegan a confundir los intérpretes y los personajes.
Así, cada determinado tiempo, vemos cómo alguna figura ilumina la pantalla con su sola presencia: de Pacino a Andy Garcia, de los locuaces Bernie Mac y Don Cheadle a los rudos provoca terremotos y huelguistas (otra vez esa mirada a la frontera mexicana), y de ahí a un Matt Damon más suelto y a los actores de la vieja guardia. Parecería que el ángulo propicio para ver este film no está tanto en su gramática narrativa, sino en posicionar al actor como elemento central de cualquier puesta en escena, más allá de los accesorios o los efectos especiales, tan recurrentes en las propuestas de esta época del año.
A diferencia de su predecesora, acá no hay despliegue de locaciones, sino más bien un tono de glamour que termina por volverse un cuanto tanto claustrofóbico, acaso reforzado por la multiplicidad de tramas que por momentos pueden empantanar el flujo de la historia pero que se recupera pronto gracias a algún chispazo de humor o a alguna resolución intermedia. Está claro que estamos frente a la faceta accesible de Soderbergh, que si bien no alcanza los niveles de Sexo, mentiras y video (89) y Vengar la sangre (99), consigue proponer un entretenimiento sólido, con la pequeña gran ayuda de sus amigos.
Con ciertas referencias a clásicos hollywoodenses (El Padrino, por ejemplo) y, desde luego, tanto a los mitos del mundo de Las Vegas (darle la mano a Sinatra, menciones a Dean Martin) como a la televisión (el programa de Oprah), la nueva película de Soderbergh se inscribe en el clásico cine de Hollywood, siguiendo sus reglas y recordándonos que este particular entramado de negocios, manifestaciones artísticas y centro ideológico, sentó una de sus bases en los actores y actrices elevados a un nivel de admiración más allá de la lógica racional o estrictamente artística.
Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx
Revistero
EL AZUL OSCURO DE LAS PALABRAS
Siempre he pensado que el color azul tiene un pacto con el más allá, tal vez por encontrarse en el cielo y en las profundidades oceánicas, por formar parte de los colores primarios o el favorito del sexo masculino por antonomasia, tal vez por ser participe en algunas canciones como por ejemplo en Blue Skies de Albert Hammond Jr., tal vez…
Frente a mí, tengo el paisaje de
Pensé a la manera freudiana que en realidad mi visión se debía a alguna de mis proyecciones melancólicas, sin embargo, ya en el interior de la revista, al ver “un libro iluminado por un vaso de leche” que por supuesto contrasta con mi azulina mirada, entiendo que el estado que ésta publicación pretende está cerca de mis posibilidades ésta vez.
Adentro, en “las esquinas del sentido”, descubro un sinsentido nietzscheano disfrazado de sentido, una ansiedad por entender una mínima porción de la nada y luego entre Herodías a “la colección” de animales exóticos, de esos que sólo se hallan por encima de estos días, en momentos realmente extraños y tranquilos o tal vez mientras escuchamos a Amy Winehouse notamos que nos carcome un cari cara mientras comenzamos “ciertas patologías”.
Esta vez, comencé a leer la revista de atrás hacia delante, aunque en realidad “atrás” o “adelante” da igual es sólo cuestión de perspectiva y la visión azuligéna sigue vigente al compás de las hojas que hace ese ligero sonido al ser arrastradas las unas contra las otras, aplastadas algunas por la indiferencia, otras frotadas con ansiedad.
Hoy, lo azul de la noche me atrapó con
Citlaly Aguilar Sánchez
Colaboración Especial
Zacatecas: Estampas astronómicas y de lírica medular
a Amparo Dávila
Sicut lilium inter spinas sic amica mea inter filias.
Canticles, II, 2.
De extremo a extremo la ciudad se adormece en una niebla malva y densa. Viéndola hundirse en esa majestad suasoria me acuerdo de Homero, cuando mienta a la Aurora, de rosados dedos; o de aquel libro del seiscientos de Matías Agricio que se intitula Elogio de la aurora —del cual pronto hablaré— y advirtiendo como se alza aquí y allá el teatro Calderón, la Plaza de Armas, el Palacio de Gobierno, las plazuelas, las recias torres del templo ex jesuita, me acuerdo también de aquel pasaje de la Política de Aristóteles en que asigna las consideraciones propias de una ciudad planificada que a su juicio eran o debían ser salud, defensa, belleza y la conveniencia para la actividad política. Pausanias, que no se andaba con gentilezas de ninguna índole, negó una vez la calidad de ciudad a una que lo reclamaba y que no era más que un conglomerado de chozas asidas a unas peñas, sin plaza pública, sin teatro, sin acueducto que llevara el agua cantarina a alguna fuente. Zacatecas era una ciudad hace cuatrocientos años y lo es ahora... Así lo dice aquella Relación de 1608, cuya mano anónima y algo basta, escribía: “La traza de esta ciudad es la ordinaria de otros pueblos medianos, dos plazas y tres calles principales y en ellas cuatrocientas casas poco más o menos, y las casas de cabildo.”
Contrario a lo que dicen muchos autores cuando describen la ciudad tildándola de estéril, con llano estilo y peor imaginación, otros hay que la dibujan sobrepuesta a esa esterilidad geográfica y natural aduciendo que otros dones le fueron concedidos al lomerío zacatecano. Lo de estéril es relativo. Yo diría —y en esto me apego a ese preciosista del idioma y de la imaginación como lo fue don Alfonso Reyes— que no pocos paisajes mexicanos gozan de una esterilidad aristocrática (recuérdese El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX). De esa jaez es la topografía urbana de Zacatecas y las extensiones de lomeríos por los cuatro vientos, la soberbia elevación del cerro de la Virgen y la planicie que se extiende por el oriente hacia la populosa ciudad de Guadalupe.
Acaban de dar la dos de la madrugada en el horologio de la catedral basílica. Camino hacia El Vergel, ya he pasado la Plazuela de García y me acompaña la cháchara de la lluvia anunciada con las frondas de la arboleda fragante del Jardín de Niños. He pensado cómo serían los días húmedos de junio en Nuestra Señora de los Zacatecas en aquellos otros cuando el conde astrónomo hurgaba en las estribaciones y planicies perentoriamente exactos de la caligrafía de los libros del Cabildo del siglo XVI, cuya arca de tres cerrojos y tres llaves en que se guardaban los archivos espabilaban el celo con que los nuestros respetaban el tránsito del tiempo y la vanidad de la memoria. Quizá las paredes húmedas le urgían a apurar el chocolate o el agua serenada con la misma presteza con que se levantaba, dando el toque del alba, a rezar sus horas. Quizá el repiqueteo de la lluvia en la tierra de los techos y en la piedra del patio acompasaban el tórrido flujo sanguíneo que iba del corazón al cerebro y del cerebro a la mano y dedos, apenas tibios, que signaban el tránsito de días mejores, según que le apeteciera al genio que gobierna la ciudad expandir la virtud de sus emanaciones sobre la cañada silenciosa y melancólica. Quizá en un día como estos, en el día de san Juan Bautista, le haya venido a las mientes el componer las razones no genetlíacas sino astrodiceas del por qué la ciudad pende de los desacatos y de los dictados del cielo. Imagino al clérigo noble, al clérigo viudo, al clérigo culto, ayudado de un bastón de caminante y a su zaga un criado andar la pendiente hacia el peñón grande y observar, a medio camino y permitiéndolo la Luna llena de mayo, el ascenso esplendoroso, rumiante y casi vertical del Escorpión a la siniestra mano, según mira hacia la torre de la Parroquia y según vayan dar las dos de la madrugada. Acaso piense, mientras ordena al criado apurar el paso, en la sentencia mentirosa de Heráclito: “el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo”.
Mi siempre dispuesto y dilecto amigo Bernardo del Hoyo nos debe si no un Elogio, sí una biografía fabulada del conde José de Rivera Bernárdez ahora que se le da fantasear sobre la ciudad que tanto ama. Él me ha dado noticias de la genealogía del conde y de algunas de sus disposiciones testamentarias. Me estremece su forma de morir; me estremece su estado final frente a los abismos de la muerte. Inmóvil está en su tálamo. No puede hablar. Dicta su testamento mediante señas. Va a morirse. En la habitación contigua están los instrumentos de medición, entre los libros empolvados cohabitan Ptolomeo, el comentario de Cicerón a Arato, Tycho Brahe, Kepler, Eusebio, Ausonio; están los mapas celestes, sus anotaciones en folios sueltos, la tinta secada en el tintero de los dolores de los últimos días. Seguramente recuerda algunos de los versos de Manrique o algún pasaje del Contemptus mundi de Lotario. Siente la seda de la guadaña de la Muerte y ve en las sombras de la habitación el ángel y el demonio que se disputan en la balanza última su alma atribulada aunque vehemente próxima a estar ya ante las agencias tributarias del rey tremendo. Repasa el Arte de bien morir escalando los emblemas de los vicios; a todos se sobrepone. Escucha, como en una ensoñación, el Dies irae y el hemistiquio de los versos fehacientes suenan al paso de la pálida muerte que pulsa con pie igual la atalaya del rey y la choza del súbdito. Teste David cum Sybilla… Una gota de cera, súbdita de la vela del candelero de plata, va a deslizarse hacia la ménsula de roble ejemplificando —por qué no—, aquel principio del impetus et gravitas. Súbditas eran de él las estrellas viandantes mientras siguió su curso y anotó sus aspectos y retrogradaciones. Súbdita era la línea del Zodíaco y los doce signos y la faja de 17 grados entre dos por donde los planetas y el Sol y la Luna se desplazan.
Ahora que Aldus Mare se empeña en hacer trascender la obra de Rivera Bernárdez, poniéndola en caracteres modernos y con anotaciones críticas, le concedo la dicha de estar yo de acuerdo con él en lo que toca a que es una descripción singular. Singular en el fondo y singular en la forma. Otras descripciones habrá afines a los temas por los que el conde se desliza. Pero es la única que sobre la ciudad existe: la ciudad de niebla en las noches de junio, la de las cañadas húmedas en agosto y septiembre, la de la Catedral sin par, la del cerro esmeraldino en los días pluviosos.
He visto los borradores de lo que quiere hacer de la descripción de Rivera Bernárdez en metros asilvados: Por dicha halle de vuestra ilustre carta/al vuelo fiarme de mi humilde pluma... He visto las anotaciones sobre la reseña astrológica pintada, según los apuntes del conde, en que describe la magna conjunción de los planetas superiores Marte, Júpiter y Saturno, en el año de 1645, a 8 de enero. Me ha dado alguna bibliografía sobre astrología en general y me vence la inquina que el mundo contemporáneo y cínico tiene hacia temas de esta naturaleza, sobrada de curiosidades y saberes. Me conmueve el racionalismo del conde. Lo imagino a la hora de la elevación en la misa matutina, apresurándose a concluirla para aprestarse a desentrañar los misterios de la astrología al uso. Y lo comparo con Vivaldi, de quien sus biógrafos dicen dejaba los oficios suspendidos por entrarse a la sacristía y anotar alguna volanda melódica venida súbitamente. Los suspicaces dicen que el conde no se guió por la astrología judiciaria por no saber calcular ni levantar cartas astrológicas. Pudo, dicen, tomar el 8 de septiembre para guiar sus especulaciones sobre cuál era el signo que se alzaba sobre el horizonte cuando Barbalonga holló la serranía de los zacatecos, y cuál el planeta que por tal hecho gobernaba a la ciudad. Yo no lo creo así. A mí me parece que estaba en el tono de Pico, si se recuerdan sus Disputationes en contra de la astrología adivinatoria, que incluye la judiciaria. Pico, en el Proemio de estas Disputationes ya hace, por ejemplo, una distinción entre astrólogos y astrónomos aunque luego cae en la confusión de emplearla indistintamente. Ataca no toda astrología, sino aquella que predice los sucesos mediante las estrellas. Dicen otros que la referencia de la magna conjunción de que habla en el punto III de la Descripción, la tomó de don Carlos de Sigüenza y Góngora, así como otras consideraciones, lo cual es cierto, pero no por ello desmerece esotra puntualidad con que asegura haber hecho observaciones y cálculos durante doce años para determinar la exacta longitud y la latitud de Zacatecas; dista la ciudad, dice, del círculo equinoccial 23° de latitud boreal y 278° 30´ de longitud “según mis exactas observaciones que en varios eclipses de luna y con fidelísimos relojes tengo ejecutadas”. Esto no da pie a sospechas. Ni tampoco otras observaciones suyas que por no parecer “prolijo” no desarrolló. Pero dijo cosas que sólo pueden comprobarse con una observación continua. El “contemplador de estrellas” (me gusta este cognomen que con gracia usó para sí Edmund James Webb, en su precioso tratado Los nombres de las estrellas) puede comprobar en efecto, que las Pléyades pasan por el cenit de nuestro cielo. Lo que no nos dijo el conde es en qué época del año podía ver con el mayor de los esplendores y en su culminación a las hijas de Atlas y de Pleyone, en los maravillosos cielos estrellados de noviembre y diciembre.
El conde duda y su método se inclina por el que le parece más racional y por el que más se ajusta a su credo de cristiano. Hasta en eso concuerda con Pico a quien Ptolomeo le parecía ser más científico que la caterva de charlatanes que predicen poniendo a modo causas y efectos. Hasta la lindeza de especular cuál sería el signo que en el horizonte de este punto zacatecano estaba cuando la Creación del mundo, me parece menos ingenua que terminante: al menos su elección es metódica, lo que quiere decir científica. A mi juicio en esta aplicación de un hombre erudito del primer tercio del siglo XVIII, se aprecia la clara distinción que empezaba a hacerse de lo astrológico y lo astronómico, términos que, como decía el profesor Tim Tester, gozaban de igual confusión hasta bien entrada la Ilustración. Pero la distinción ya predice el pestañeo de la modernidad. Rivera Bernárdez no es un astrólogo, claro está, pero sí es, en todo el sentido histórico y moderno del término, un acucioso y pertinaz astrónomo.
No me sorprende un ápice que el conde astrónomo no tenga entre la estatuaria de nuestra ciudad una que lo recuerde. Los que hemos leído su Descripción breve acaso como la unión de historia y literatura para un fin premonitorio, y luego deleitándonos ya en su estilo, ya en la profusión de noticias que logró entresacar de los archivos del Cabildo, ya en la atenta y puntual citación que hace de autores antiguos y modernos, creemos que el epíteto breve sirve de reducción al infinito... Porque siendo breve, sirve más bien de comienzo ascensor hacia el cúmulo de erudición vasto y preciso que el doliente conde, hemipléjico al final de sus días, quiso dejar a la posteridad. Pienso que tuvo la sospecha de que futuros lectores pasearíamos los ojos por donde la tinta afanosa de su pluma fluyó audaz.
Juan Antonio Caldera Rodríguez
Escalera al cielo
AC/DC You shock me all night long
Conmocióname toda la larga noche,
Noquéame, te digo
Déjame estremeciendo y tu
Conmocióname toda la larga noche.
Este es un fragmento del tema leyenda: You shock me all night long, de la banda Rock AC/DC.
AC/DC, cuyo nombre fue tomado del enchufé de una aspiradora, tuvo como figura principal a Bon Scott, quién ayudó a fomentar la imagen violenta del grupo. Pues ACDC combinaba la agresividad y la violencia, con un peculiar sentido del humor.
De
Tras la muerte de Bon Scott la banda se planteó su continuidad, pero finalmente reclutaron a Brian Johnson, quién aceptó
el reto y entró con el resto de compañeros a grabar lo que sería uno de los mejores discos de los años 80: "Back In Black", disco dedicado a Bon Scott, que contiene el éxito antes mencionado “You shock me all night long”
Las cifras alcanzadas por este álbum son notables: en Estados Unidos, encabezó la lista de ventas durante 5 semanas, manteniéndose durante otras 20 en el Top 10, y estando en total 131 en el Top 40.
Transcurrido un año, había rebasado los 5 millones de ventas en este país, lo que se traduce en más de 19 millones de copias vendidas en EEUU. A nivel mundial, las ventas de este LP se estiman superiores a los 40 millones de copias. Por todo ello figura en la cuarta posición de la lista de los LPs más vendidos de la historia. Su portada, totalmente negra, era un homenaje directo a Bon Scott y su música lo era al rock'n'roll sin duda alguna
Además, como suele suceder, la popularidad de este single, fue mayor gracias al controversial videoclip que mostraba algunas sensuales escenas que no eras agradables para algunos.
You shock me all night long, es considerado como el mayor hit de esta agrupación, Actualmente fue colocada en el lugar número 91 en la lista de las 100 canciones más grandes de la historia del rock, realizada por la cadena VH1.
En este single, el vocalista Brian Johnson relata la historia de una noche con una hermosa mujer; aunque este grupo es de origen australiano, en la letra se menciona a la mujer de origen norteamericano, lo que quizá contribuyó a aumentar la popularidad de la canción en Estados Unidos.
En la letra se compara a esta dama con una veloz máquina, haciendo metáfora a una seductora y agresiva mujer que conmociona a cualquiera, haciendo sentir que las paredes se estremecen y el mundo tiembla.
La popularidad de You shock me all night long, ha hecho que haya sido relanzado a modo de cover por artistas como Celine Dion y Shania Twain, sin embargo, nadie ha podido dar ese toque rock, que solo AC/DC sabía dar.
Aurelio Carrillo
Un hit para estremecerse toda la noche
carrillo_aurelio@hotmail.com


