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Soldadera 133

Una fotografía es una isla
en las Antillas del tiempo


Según el modelo estructuralista, una imagen es en primer término una representación, pero de manera aun más esencial, aunque por regla general oculta, es un argumento sensible. El oxímoron es desde luego deliberado. Es obvio que una sensación necesita algo diferente de un argumento. Necesita, si algo, otra sensación. No para confirmarla, ni para reforzarla, sino para troquelar sus bordes. La sensación es sensación sólo si choca con otra sensación. Si hay argumento es porque la sensación de la que arranca se ha hundido en el pasado, sobrevive como recuerdo que en cada actualización pierde o gana o equivoca su sentido. El argumento sensible no es explicativo, ni justificatorio: solamente decreta el paso de todo presente. Es por ello que su <> no es nunca otra cosa que la muerte. La muerte no como imagen, se entiende, ni como lugar de erupción del sentido, sino justamente como deadbeat, como el troquel o la rítmica que otorga bordes y resplandores a la vida.
Ahora bien, ¿qué sensación provoca una imagen fotográfica? Se diría que depende de aquello que muestra, o de cómo se dispone técnicamente para mostrarlo. El argumento sensible de la fotografía dice o delinea las cosas tal cual son. Pretensión que se cumple a condición de decidir que la imagen fotográfica mantiene un nexo especial de fidelidad con la verdad. Una fotografía, se cree, no miente, no puede mentir. Y bien, esta pretensión es completamente ilusoria. Una fotografía es, dicho con rigor, una alucinación. Comenzando porque no existe en verdad nada que tenga la fuerza de mantener la absoluta fijeza y terminando por el hecho de que en la inmovilidad absoluta ninguna imagen sería factible. La <> no lleva del pasado al presente y hacia el futuro, la línea del tiempo es el abismo invisible, infotografiable, en el que el tiempo es engullido. La imagen está recortada del tiempo, que sólo por ilusión es coercible o por coerción imaginable.
Digámoslo con la mayor claridad: la imagen no encuentra el poder de detener el tiempo, pero en su fracaso muestra un flanco temporal que la mirada común no podía sospechar.
Elíjase de la presente serie una imagen fotográfica y tratemos de representarnos su truco. La imagen no es la cosa, pero que no lo sea pasa a segundo término. No desaparece, sólo se coloca por debajo de su imagen. La imagen desdobla el tiempo como en esa fotografía de dos niños que soplan enormes tubas comenzando a darse mutuamente la espalda. Cada figura representa un instante. Un momento más y el instrumento ocupa la totalidad de su mente. Como la cámara, que da la espalda a la realidad concentrada en la imagen que ha producido artificialmente. La parvada de estorninos asustados, el descanso de la ballerina, el risueño asombro detrás de un habano, los añejos y curvados pasos del campo, los pistilos helicoidales, los vehículos estacionados en un rincón del siglo XX, el dandelion en reposo inminente… El truco consiste, según lo ha insinuado entre otras la crítica semiológica, en separar la percepción de la atención. El instante que no retorna es captado ello no obstante de un modo que ningún ojo percibe. Es <>, pero lo real no coincide jamás con lo verdadero. En la imagen fotográfica penetramos en un mundo que no existe más, y en tal sentido es imperceptible, pero notamos también que ha pasado íntegramente al plano imaginario. Ya no pensamos si <> tuvo lugar.
El truco es tomar la huella por la cosa, y tomarla en un giro que suprime toda inquietud y, en el límite, toda nostalgia.
Los buenos fotógrafos son aquellos que intentan comprender este misterio, el misterio de la reversión y del doblaje, sin confundirse ellos mismos. Podrían autoconcebirse como espías de lo real, pero no hay Central de Inteligencia que monopolice sus informes. La imagen desenmascara a la imagen comprobando que ella es siempre máscara. El instante, al igual que lo real, es privado. No es casual que los pueblos primitivos de todos los tiempos y lugares desconfíen tan inconsolablemente de su imagen en emulsión de plata. Es literalmente cierto que una imagen les (nos) roba el alma. Lo es si concedemos que <> es exactamente esa parte de las cosas animadas e inanimadas que consiste en huir de la imagen en el instante exacto en que es capturada y reproducida por el lente.
Una fotografía es una isla en las Antillas del tiempo. Rafael Magallanes Quintanar despliega en esta muestra intitulada El orden y el caos una voluntad de verdad que no sufre por su irremediable descascaramiento. La foto <>, como dejó escrito en un día ya casi lejano Roland Barthes. La imagen detiene el tiempo sin detenerlo, lo hiere sin matarlo, lo enrosca como un caracol en la palma de la mano, y en ello es extraordinariamente parecida a las sucesivas capas de calicanto, pintura, musgo, orín, moho y humedad que recubren los muros de alguna antigua edificación en sí misma suspendida en el mar de los sargazos del tiempo humano. La fotografía, retrate o no semejantes figuras y atmósferas, posee ese carácter lloroso y cálido y de extraño colorido de un islote antillano para el cual, por celebrar un célebre asalto, y por anunciar y asegurar una revolución incesante, <>.
Que así sea —aun si sabemos que no lo ha sido y menos todavía que lo será algún día.


Sergio Espinosa Proa
Zacatecas, febrero de 2008

Soldadera 131

Cine y cristiada.


Celso -Oye Rutilio, ¿y de veras habrá infierno?
Rutilio -Pos a guerzas, si no dónde se mete el diablo hombre
Celso -Sí, verdad.
La Guerra Santa/ Dir. Carlos Enrique Taboada.

La censura no es sinónimo de silencio, pero sí de persecución. De hostigamiento. De terror. De esa creencia vana y superflua de que las voces se pueden callar para siempre. De que basta un simple “no” para que la historia se desvanezca. Cine y Cristiada. Sin duda una relación difícil. Complicada. Pero no imposible.
A principios de 1920 el gobierno mexicano, emanado de la revolución, creó un departamento de cesura. Los ideales revolucionarios de libertad e igualdad, se oficializaron en control y sometimiento. Si se prohibían escotes, pantorrillas, cabrones y majaderías, la mayor rebelión contra el régimen que gobernó durante setenta y un interminables años el país, no podía ser la excepción.
Sin embargo, las representaciones del conflicto en el celuloide existen. Y no se trata de simples propuestas que hayan apostado a la trasgresión como catapultas comerciales. Porque la censura, en términos príistas, ni siquiera contemplaba esa posibilidad, como ha ocurrido con los gobiernos panistas gracias a las audacias del “brillante” Serrano Limón.
Tampoco es el caso de que las películas cristeras sean el “vehículo de quejas de la derecha”, que fue como Carlos Monsiváis –en una desafortunada definición que sin duda hubiera celebrado con ironía Octavio Paz- calificó a la literatura que toca el conflicto. Se trata, simplemente, de obras artísticas –porque para el que no lo sepa el cine es arte- que representan una parte fundamental de la historia de México.
El lector –como ocurrió con el que se escribe- se sorprenderá al descubrir que los actores y directores que han participado en los filmes sobre la Cristiada no son anónimos, ni las producciones subterráneas. Al contrario, se trata de personajes muy reconocidos en el ámbito cinematográfico, que le han dado un tratamiento al tema desde todas las ideologías, porque la Cristiada, como todas las coyunturas importantes en la historia humana, nada tiene que ver con el anacrónico posicionamiento de izquierdas y derechas.
La producción de películas sobre la guerra cristera puede ser sistematizada cronológicamente de manera sencilla, dado que son muy marcados los periodos en que se filmaron las mismas. He organizado, partiendo de un esquema anterior tripartito de Eduardo de la Vega, las películas cristeras en 4 periodos que a continuación desarrollo.
1926-1929. El cine de la guerra.

Son las producciones contemporáneas a los años del conflicto armado, y consisten en documentales y noticieros. Se sabe que la censura para la exhibición pública de ciertas películas existió oficialmente durante la guerra. Un ejemplo muy claro es una circular de julio de 1926, que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal de Tlaltenango, en la que el gobierno del estado de Zacatecas solicita a los ayuntamientos prohibir la proyección de la cinta “El Cristianismo a través de los tiempos”, al considerarla subversiva.
Resulta interesante, también y siguiendo a Eduardo de la Vega, que entre los escasos materiales encontrados estén presentes tanto la versión cristera como la versión oficialista. Es el caso de Historia de la persecución religiosa en México (1929), que representa al lado cristero, y de El coloso de mármol (1928, dir. Manuel G. Ojeda), que presenta la visión callista. Sin embargo, los materiales son escasos.

1940-1950. El ruido del cine de oro.

Después del profundo silencio de la década de 1930, en la década de 1940 se comienza a tocar el tópico dentro de un movimiento de “cambios políticos favorables a los practicantes de alguna religión” -el presidente Ávila Camacho declaró en 1940 a la prensa: “soy creyente”. El efecto provocó que entre 1940 y 1945 se produjeran al menos media docena de cintas de tinte religioso. Sin embargo el tema cristero no apareció hasta poco después, aún cuando en 1940 fue realizado el largometraje El jefe máximo (1940, dir. Fernando Fuentes) que criticaba la figura de Plutarco Elías Calles, basándose en una pieza de Carlos Aniches que a su vez se inspiró en El Inspector de Gogol.
En 1941 fue filmada ¡Ay Jalisco no te rajes! (1941, dir. Joselito Rodríguez), película que lanzó a la fama a Jorge Negrete. El título fue tomado de una novela de temática cristera escrita por Aurelio Robles Castillo, sin embargo lo referente al conflicto cristero fue disfrazado por el fuerte y “pintoresco” regionalismo de Jalisco.
No fue sino hasta 1946 cuando apareció el primer largometraje que abordaba de manera directa la Cristiada: Los cristeros o Sucedió en Jalisco (1946, dir. Raúl de Anda), cinta protagonizada por dos estrellas importantes de la época de oro del cine mexicano, Sara García y Luis Aguilar.
Tres años después fue producido otro filme cristero: Lluvia roja (1949, dir. René Cardona) con Jorge Negrete y Elsa Aguirre en los roles principales. Es interesante destacar que ambos largometrajes están basados en novelas cristeras; Los cristeros o Sucedió en Jalisco en una novela de José Guadalupe de Anda, titulada Los cristeros, y Lluvia roja en una novela homónima de Jesús Goytortúa.
El hecho de que los papeles principales hayan sido interpretados por actores conocidos puede indicar que hubo una cierta preocupación de los directores por difundir los largometrajes. Así me lo hace creer, también, que tanto Goytortúa como de Anda gozaban de cierto prestigio como buenos literatos, lo que indudablemente le dio seriedad a las cintas. Significativo resulta, además, que en el mismo periodo en que aparecen las películas cristeras -de 1946 a 1950- se producen diez filmes de temática revolucionaria.

1967-1968. Silencio forzado.
Después de la “apertura de medio siglo”, la censura, lo “políticamente correcto”, y la ausencia de una historiografía al respecto, inhibieron la producción de filmes sobre la Cristiada hasta la década de 1960, cuando el tema es vuelto a tocar, aunque de modo disfrazado. Lo impresionante es que dos filmes fueron rodados justo en momentos en la revolución como herencia era puesta en revisión, y en que personajes temibles, como Díaz Ordaz y Echeverría, gobernaban el país.
En 1967 fue producida Los recuerdos del porvenir (1968, dir. Arturo Ripstein) protagonizada por los reconocidos actores Renato Salvatori y Daniela Rosen, basada en una novela de Elena Garro, ambientada en el conflicto cristero. La censura obligó a los productores a cambiar el escenario a los años revolucionarios, y a modificar considerablemente la versión original.
Sin embargo, la cinta fue exhibida en festivales internacionales y realizó una gira por Estados Unidos. Artísticamente el filme recibió todo tipo de críticas; desde las terriblemente destructivas hasta las de personajes como Emilio García Riera, que consideraba la cinta como el inicio de la prometedora carrera de director-autor de Ripstein. Otros críticos, como Jorge Ayala Blanco, lamentaron que la cinta hubiera omitido el tema cristero.
Un año antes, en 1968, Antonio Aguilar rodó Valentín de la Sierra (1967, dir. René Cardona). Y la censura volvió a hacer de las suyas, por lo que la película, basada en un celebre corrido cristero, fue ambientada en el tiempo de la lucha revolucionaria.
Es interesante destacar que, como lo ha señalado Jean Meyer, hay dos versiones del corrido de Valentín de la Sierra. Una compuesta por los propios cristeros, en la que Valentín es un cobarde que traiciona al ejército cristero, y otra, compuesta por soldados federales, en la que Valentín es un fiero guerrillero cristero que se enfrenta con valor a las tropas del gobierno. Aguilar escogió para su filmación, paradójicamente porque tuvo que modificarla, la versión de los soldados federales.

1973 -1979. La Cristiada ve la luz.
1973. La editorial Siglo XXI publica un pequeño libro rojo con un título demasiado sonoro: La Cristiada. El autor: Jean Meyer. La aparición del título no pudo haber encontrado una época mejor para ver la luz. Desde mediados de la década de 1960 México vivía una profunda crísis en todos los sentidos. No se trata sólo de los episodios sangrientos de 1968 y de 1971, o de la llamada Guerra Sucia emprendida por el Estado contra los contestatarios, sino que el mismo nacionalismo cultural languidece. Por un lado el mito de la revolución, engranaje máximo del sistema priísta, comienza a colapsar rotundamente. Por el otro, económicamente el modelo de sustitución de importanciones llega a su fin, y sólo el petroleo sostiene al país de milagro.
En las cúpulas intelectuales hay un rompimiento con la generación anterior que se manifiesta en el arte, y en esa necesidad por estar en el mundo - tal y como lo intentaron los modernistas medio siglo atrás. El régimen encuentra serios opositores en las figuras de Carlos Fuentes o Daniel Cosío Villegas, por citar sólo un par, que se enfrentan al gobierno del “Emperador Sexenal”.
Durante los años que van de 1970 a 1977, de acuerdo a García Riera, se vive la mejor época del cine mexicano. Una camada de nuevos directores -entre los que se encuentra Carlos Enrique Taboada- aparece en escena y realizan grandes producciones, así mismo los viejos directores realizan grandes largometrajes. Es la época de Canoa, El apando y Las Poquianchis de Felipe Cazals; de El castillo de la pureza de Arturo Ripstein y de Los albañiles de Jorge Fons. Además hay un reencuentro entre la literatura y el cine, y grandes escritores colaboran como guionistas, entre ellos José Agustín, José Emilio Pacheco y Vicente Leñero. Sin embargo, son los últimos grandes exponentes, antes del “desastre” de 1977, en que Margarita López Portillo, hermana del presidente José López Portillo,.asume la dirección de Radio, Cine y Televisión.
En todo este contexto, la guerra cristera, que había sido un tema tabú en la historia mexicana, se convierte en la bandera de todo tipo de reivindicaciones. Lo mismo voltéan hacia ella los guerrilleros antiyanquis, que la ven como una lucha campesina, que los políticos conservadores, que la ven como un ejemplo de resistencia.
El cine no se queda atrás. Hay cintas como Los días del amor de Alberto Isaac y La seducción de Arturo Ripstein que tocaron el conflicto cristero marginalmente, sin embargo, hay dos películas que destacan por su tratamiento directo del tema: De todos modos Juan te llamas. La historia de una gran traición (1974, dir. Marcela Fernández Violante ) y La Guerra Santa (1977, dir. Carlos Enrique Taboada).
De todos modos Juan te llamas. La historia de una gran traición es una cinta producida por Dirección de Difusión Cultural de la UNAM, protagonizada por Jorge Russek y Juan Ferrara. La cinta tuvo poco éxito comercial, pero recibió en 1976 dos Arieles, uno por Mejor Actuación Femenina, para Rocío Brambilla, y otro por Mejor Actuación Masculina, para Jorge Russek. La pelicula fue exhibida en Estados Unidos y Europa con el mombre de “The General´s Daugther”
De todos modos Juan te llamas basó su guión en gran parte de los estudios de Meyer, y en su spot de difusión realizaba las siguientes preguntas: “¿qué fue la lucha cristera? ¿por qué se ha ocultado esta historia? ¿Quiénes fueron los principales traidores?”. En la cinta, la Cristiada aparece como un conflicto en el que se pelea por la libertad religiosa, independiente del clero, y contra un estado autoritario que suprimía a sus ciudadanos la libertad de elegir y practicar sus creencias. Recibió críticas positivas, y algunas negativas. Curiosamente estas últimas se centraron más en la posición respecto a la guerra, que en cuestiones cinematográficas.
La Guerra Santa, por su parte, es sin duda la “película” por antonomasia de la Cristiada, tanto por la calidad del guión y de la dirección -ambas responsabilidad de Carlos Enrique Taboada, director entre otros clásicos del terror mexicano de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra-, como por el profesionalismo del reparto, encabezado por Jorge Luke, uno de los galanes de la época, y José Carlos Ruiz, reconocido como uno de los mejores actores mexicanos, principalmente por sus papeles en El apando (1975), Los albañiles (1976) y Goitia. Un dios para sí mismo (1988).
En el discurso cinematográfico de Taboada, que evidentemente es consecuencia del libro de Meyer, los cristeros aparecen como vícitimas de un conflicto entre la Iglesia y el Estado, en el que son traicionados por ambos. Taboada, sin embargo, se opone completamente a Meyer, y señala que los cristeros fueron simples titéres del clero.
La Guerra Santa estuvo nominada a dos Arieles, a “Mejor Edición”, de Carlos Savage, y a “Mejor Guión Cinematográfico”, del propio Carlos Enrique Taboada. Ganó solamente la de “Mejor Edición”.

Lo que queda.
Después de las películas de la década de 1970 la producción del cine sobre la Cristiada cesó por completo. Sin embargo no fue un caso único, sino que todo el cine mexicano entró en una profunda crisis de la que todavía no sale. Aún así, los filmes que hemos mencionado constatan que el verdadero tabú del cine mexicano no está en los “temas espinozos” que tocan hoy en día los flamantes directores nacionales, como la anorexia o la cocaína, sino en la propia historia mexicana.
En la década de 1990 fueron producidos por la editorial Clío una serie de documentales sobre la Cristiada, conducidos por el propio Jean Meyer aprovechando la coyuntura de la reanudación de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el gobierno mexicano; sin embargo las producciones debieron ser enlatadas varios años debido a la censura de Televisa, empresa encargada de la difusión de los mismos.
Veremundo Carrillo-Reveles

Soldadera 131

Breve (más bien brevísima) crónica de la Cristiada en Zacatecas


“Para los pueblos la Iglesia es la madre y el Estado
el padre; pues bien, en 1926, los hijos vieron al padre borracho golpear a la madre: se indignaron”
Luis González


Fue en el año de 1926 cuando los templos cerraron sus puertas. ¿Por qué?, todos se preguntaban lo mismo sin encontrar una respuesta satisfactoria, enredos entre el presidente y los obispos que el pueblo no lograba comprender. Primero Calles promulgó su ley: “Ley que reforma el Código Penal para el Distrito y Territorios Federales sobre delitos del fuero común y para toda la República sobre delitos contra la federación”, que, entre otras cosas, prohibía el establecimiento de órdenes monásticas, censuraba cualquier pretensión política que la Iglesia pudiera tener y desterraba al clero del campo educativo; luego intentó realizar el sueño de ilustres liberales decimonónicos -de la talla de don Benito y Melchor Ocampo- y fundó la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, echando mano de obreros, sacerdotes traidores y la usurpación de templos católicos. Mientras tanto los obispos refunfuñaban y en la espera de una orden romana que les indicara con claridad el camino a seguir, recordaron que en tiempos de la colonia sus antecesores habían chantajeado a un virrey con la amenaza de suspender el culto. Entonces había sido sencillo, pero la situación no era la misma, el liberalismo, la Reforma, la masonería en el poder, el anticlericalismo constitucionalista…, muchas cosas habían pasado, las condiciones en definitiva habían cambiado, ahora se hacían estallar explosivos en el altar de la Virgen de Guadalupe, antes eso habría sido inconcebible. El petróleo era otro problema, el gobierno mexicano y el vecino del norte se disputaban su control y aquel acusaba a la Iglesia de apoyar a éste. Una maraña de decisiones políticas y hostilidades diplomáticas, luego enfrentamientos y persecución, sacerdotes detenidos, iglesias cerradas e inventariadas.
En un inicio la reacción tomó la vía pacífica: protestas, boicot económico… los militantes de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), las Damas Católicas y otras organizaciones se movilizaron. Surgió además la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) una asociación cívica que buscaba reivindicaciones para los católicos y que pretendió más tarde -sin mucho éxito debido a la distancia con los combatientes- ser la cabeza del movimiento. Estas organizaciones representaban al catolicismo urbano, pero en el campo la situación era un poco distinta.
Se respiraba una atmósfera de incertidumbre cuando las mujeres decidieron tomar la iniciativa, se apresuraron a montar guardia en las iglesias, auxiliaron a los curas y se convirtieron en enemigas acérrimas del callismo. Luego un levantamiento por allí y otro por allá, puñados de campesinos sin un plan preconcebido, casi por inercia, se sublevaron. Algunos ya habían andado en “la bola”, habían peleado con las fuerzas revolucionarias; muchos más eran solamente trabajadores de la tierra que en un abrir y cerrar de ojos cambiaron el arado por el fusil, dejaron la labor para convertirse en soldados de Cristo Rey. Hubo sacerdotes que los acompañaron, pocos como militares, varios como voluntarios que siguieron al lado de su rebaño a pesar de la persecución, aunque nunca tomaron las armas. Muchos huyeron, otros fueron “martirizados”, en Zacatecas algunos fueron escondidos y protegidos por cristeros y agraristas; pocos, muy pocos fueron cristeros.

1926

En Marzo, los sacerdotes Mateo Correa y Adolfo Arroyo son aprehendidos en Valparaíso por el gral. Eulogio Ortiz, para luego ser liberados por presiones del pueblo, pero con la orden de presentarse en Zacatecas. Ahí serían acusados de sedición, llevados presos y posteriormente liberados. La situación que se vivía se tornaba paulatinamente más tensa y el 22 de agosto se llevó a cabo un importante levantamiento en Valparaíso.[1] Días antes, Pedro Quintanar -veterano que había participado en guerras anteriores-, trató, en vano, rescatar al cura de Chalchihuites y a unos jóvenes de la ACJM de manos de los federales y después de su intento fallido se levantó en armas.

1927

En la región zacatecana de los cañones se dio una sublevación en masa, Jalpa, Nochistlan, Juchipila, Momax… se levantaron siguiendo a personajes como Teófilo Valdovinos y Chema Gutiérrez, jefes cristeros que junto con Pedro Sandoval y Felipe Sánchez controlaron la zona. Gorostieta, líder del movimiento, organizó la zona de los cañones, emprendió la lucha y derrotó a las fuerzas federales en esta región.[2] Lo que el año anterior era sólo un montón de levantamientos aislados, espontáneos y desarticulados, ahora se convertía en una insurrección cada vez mayormente estructurada: ya contaban con un dirigente que encabezara la rebelión a nivel nacional, cabecillas locales se pusieron al frente de partidas, regimientos y luego brigadas, entre las que destacó la “Brigada Quintanar”, que bajo la dirección de Pedro Quintanar actuaba en el suroccidente zacatecano y que estaba compuesta por cinco regimientos: “Guadalupe” de Justo Ávila, “Valparaíso” de Aurelio Acevedo, “Castañón” de Trinidad Castañón, “ Libres de Chalchihuites” y “Libres de Huejuquilla”.
Mientras tanto las mujeres militantes de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco se encargaron del aprovisionamiento de las huestes, con municiones escondidas entre sus ropas recorrían una y otra vez un largo camino que se tornaba tortuoso debido al peso de las armas y al peligro que corrían a cada paso.

1928

Matanza de civiles en Florencia, el Téul invadido por cristeros, Juchipila atacada y Moyahua y Monte Escobedo son presas del general Gorostieta.[3] Batallas, retiradas victorias, derrotas, bajas propias y del enemigo,”martirio”… y luego el fenómeno evolucionó nuevamente, había comenzado dos años atrás con una sublevación en defensa de la religión católica y ahora los soldados de Cristo Rey buscaban establecer un “Derecho Nuevo”. En mayo se llevó a cabo una Junta convocada por Aurelio Acevedo y que reunió en Mezquitic a cristeros de Valparaíso, Huejuquilla, Monte Escobedo y San Andrés del Teúl. Ahí se afirmó la originalidad del movimiento y se rechazó cualquier lazó con conflictos armados anteriores, se reconoció la Constitución de 1857 en detrimento de la 1917 y se buscaba el fortalecimiento de la familia como institución.[4] Más tarde los alzados celebraron el segundo aniversario del inicio de la insurrección, incursionaron en el cañón de Jerez y tuvieron contacto con la LNDLR.

1929

Nochistlán, Jalpa, Temastián, Momax y San Miguel Apozol se encontraban envueltos por la guerrilla cuando muere Gorostieta. El ejército cristero había estado acumulando victorias hasta entonces, se fortalecía cada vez más, tanto que la muerte de su líder no resultó catastrófica militarmente hablando. El P. Aristeo Pedroza se quedo al frente del movimiento y la lucha continuó, hasta que el Estado y la Iglesia Católica decidieron que ya era suficiente y sin pedir la opinión del ejército popular, “solucionaron” el problema y dejaron al cristero atónito, incrédulo ante lo que sucedía, esperando instrucciones hasta que llegó la orden del licenciamiento. Habían iniciado con las manos vacías y terminaban en una condición peor, rechazados, víctimas de la persecución, tres años de lucha en vano donde mucho perdieron y prácticamente nada ganaron. Los “arreglos” sólo fueron eso para el poder, Iglesia y Estado se dieron la mano e hicieron las paces, pero para el cristero nada arreglaron, en cambio, los soldados de Cristo Rey fueron condenados por ambos poderes y perseguidos y cazados poco a poco.

***

Muchos no estuvieron conformes con las resoluciones de la hegemonía y siguieron levantados durante la década de los 30’s: “La Segunda”, guerra de cristeros que no tuvo los alcances de la anterior pero que siguió representando resistencia y oposición al régimen establecido. La educación socialista fue motivo de protestas y los maestros rurales tuvieron que hacer frente a los cristeros y con frecuencia sucumbir ante ellos. Más tarde, con todas las rebeliones sofocadas, surge una tercera Cristiada, la de la memoria, muchos comparten sus recuerdos y aparecen publicaciones cristeras dedicadas a expresar la visión del vencido acerca de una historia proscrita y condenada a perderse en el olvido.

Sureya Hernández del Villar









[1] Cfr. Acevedo, Martínez Cristóbal, La Cristiada en Zacatecas. La dimensión cultural de la cristiada, “Narraciones cristeras de Zacatecas”, Material inédito, p. 8.
[2] Cfr. Meyer, Jean, La Cristiada. I La guerra de los cristeros, México, Siglo XXI, 21ª ed., 2004.
[3] Ibid., p.
[4] Cfr., La epopeya cristera y la iniciación de un derecho nuevo, México, 1938.

Soldadera 131

LAS CRISTIADAS:
De la poesía a la guerra o el trauma de la memoria.


He buscado información sobre el origen, usos y significados de la expresión 'Cristiada'. Esta preocupación nació como filósofo de la cultura que soy, pero también como hijo de cristero. Me ha preocupado, en primer lugar, buscar los usos y significados (y razones) de todo lo que queda acuñado en el nombre de 'Cristiada'.
Fue grande mi sorpresa al encontrar 'antecedentes culturales' de la palabra "Cristiada' en los siglos XVI-XIX, en el ámbito de lo poético; específicamente en el ámbito épico; y usos posteriores muy distintos, en el tránsito del siglo XX al XXI.
Esto es un problema cultural. En la maestría de filosofía estudié la mitología, su racionalidad y su función en la cultura. Y en los trabajos del doctorado he estudiado las relaciones del poder y la cultura y la raigambre popular mitológica.

Las primeras Cristiadas:
El primer resultado de mi búsqueda es que la palabra "Cristiada' apareció en el ámbito de la poesía. En la palabra, además de un claro ámbito religioso (se trata del mismo Cristo), siempre hay una significación épica, además de poética; y, en cuanto tal, un cierto esplendor glorioso. Sin olvidar un valor conceptual y contenido de reciedumbre histórica.
La 'Cristiada' (se trata de un adjetivo sustantivado), se inicia en el siglo XVI para nombrar un "canto épico sobre el mismo Cristo'. ¿Cómo es que de la poesía se ha pasado, en México, a la guerra, calificando ambas de Cristiadas?
¿La guerra cristera puede tener un valor épico?
En la Cristiada mexicana el sujeto de las 'Cristiadas iniciales' (Cristo), se mueve hacia 'una' comunidad cristiana que se transforma en grupo bélico (cristeros). Esto sucede en la medida en que se contraste 'la cristiada' con la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Lo que se pone de relieve y se acentúa, sin duda, es la concordancia de la comunidad cristiana, con la pasión y muerte de Jesucristo.
Este traslado o cambio de sujeto en las 'Cristiadas', es un fenómeno que conviene tenerlo en cuenta; pero interesa sobre todo, analizarlo, explicarlo y fundamentarlo.
Las "Cristiadas' originales y originarias europeas:
1.- La primera Cristiada en el catolicismo: 'La Cristiada', hecha en Italia en 1533, del clérigo Marco Jerónimo Vida (1485-1566), en latín. Se llamaba: 'Christiados libri sex'. Lo que se califica con el adjetivo 'Christiados' son los libros y está en plural masculino. En latín 'Christiada' sería un sustantivo adjetivado, plural, neutro, que significaría: 'todas las cosas de Cristo'. La obra de Jerónimo Vida es considerada como el primer poema épico de carácter religioso. La obra pertenece más a la historia de la cultura que a la de la poesía. Vida capta a Cristo como héroe; por esto él puede ser considerado el iniciador de 'la poesía épica religiosa'. En la 'Cristiada' el sentido de lo humano carece un poco del nivel de lo divino (¿humanismo renacentista?).
Otras 'Cristiadas'. En latín: la del franciscano inglés Juan Houdemio: "Christiados Rhythmicae Librí Sex" ('Seis libros rimados sobre Cristo') (1603). Alexander Ross: 'Virgilii Evangelisantis Christiados Libri XIII' (1638). (Trece libros sobre Cristo de Virgilio el evangelizador). En francés: 'La Christiade' de Albert Babinot,. La Cristiada de M. d'Escorbiac, El Tolosano. En español: 'La Cristiada' (1611) de Diego de Hojeda, creada en Perú.
Las Cristiadas en lengua inglesa: a.- La Cristiada ya citada de Alexander Ross (1590-1654). b.- La Cristiada o 'El Paraíso reconquistado' de Milton (1608-1674). c.- La Cristiada de Jinije Palmotic (1670) de Croacia, d.- La Cristiada de Henry Kirke White (1785-1806). e.- La Cristiada de William Alexander (1826-1894). f.- El uso del término 'Cristiada' por Thomas Hardy (1840-1928). g.- La Cristiada de Thomas Hawkins (1853) h.- 'La Nueva Cristiada' de J. Barnett Cowdin (1884). i.- La Cristiada en el Oriente y en la India (1995).
Nuevos enfoques y nuevas cristiadas (Entre Milenios).
a.- La Cristiada en el Movimiento de Vida Cristiana de Perú: "Retiros espirituales', b.- xLa Nueva Cristiada. Los cristeros de Manila'. Grupo radical y tradicionalista. c.- xLos Cristeros', Grupo musical Rockero, d.- 'Los Cristeros'. Marca de Tequila, e.- En una región de España se llama 'cristeras' a las jóvenes que el jueves santo piden dinero para las fiestas de semana santa, f.- También existe el término 'cristera' como apellido. Y encontré también una yegua de carreras llamada 'Cristera'.
La Narrativa popular es también guerra cristera:
El paso de lo literario (siglos XVI-XIX) a lo histórico-bélico (siglos XIX-XX) que sucede en la palabra Cristiada, tiene como causa e hilo conductor, la narrativa popular. En la narrativa popular se descubre la identidad de 'los pueblos'. Las revistas cristeras son un compendio de "narrativa popular', de una comunidad determinada, que expresó su propia historia.
Entre las cosas sobresalientes que hubo en la 'cristiada', y de máximo valor histórico, es que los cristeros supieron, también, narrar su guerra en sus escritos: En los años treintas, se acepta muy lentamente la palabra vcristiada'. Posteriormente se hace general el uso de la palabra 'cristiada' para referirse al conjunto de los hechos, tanto de "La primera cristiada' (1926-1929) como de xLa segunda' (1933-1938?). Y Jean Meyer añade xLa tercera cristiada': que es la proeza de editar la revista 'David' (1951-1970).
En la primera 'cristiada': los cristeros hablaron a través del periodiquito el 'Peor-es-nada', durante los años de 1927-1929. En xla segunda' cristiada hablaron con la revista 'David' (primera época: 1936-1938). Y, según Meyer, en la 'tercera cristiada' hablaron en la revista 'David' (segunda época 1951-1968 y tercera época 1968-1970)
En su revista se les sintió como 'pueblo' y fueron pueblo... El sujeto de la revista es el que describo y enfatizo. Ese sujeto es el pueblo... no todo, porque precisamente no es masa, ni abstracto personaje. Es la 'comunidad cristera', que había luchado en los veintes y treintas contra las fuerzas gubernamentales. Y siguieron luchando en sus trabajos de prensa. Podríamos llamarlo: el sujeto histórico de la comunidad cristera o de la 'cristiada'.
No debemos, por tanto, separar la guerra cristera, de la palabra de los cristeros que narran lo que en ella sucedió.

Cristóbal Acevedo Martínez