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Soldadera 139

ZERO FEST: CATARATAS

Una mirada a un par de bandas que integran el nutrido cartel de este festival que visita nuestras tierras.

THE MARS VOLTA: CATARATAS SONORAS
Entre la estética retro y la búsqueda de nuevas fusiones, este dúo dinámico renacido de las cenizas de At The Drive-In, se ha constituido como una consistente alternativa en el circuito para aquellos que buscan sabores espesos y concentrados, capaces de saturar el paladar sin dejar resquicio para el silencio. Con cuerdas enrarecidas, metales provenientes del free jazz, enredados en tesituras latinas e internándose en una selva psicodélica salpicada de tupidos arbustos de hardcore, el puertorriqueño Omar Rodriguez-Lopez y Cedric Bixler-Zavala están instalados en la plena evolución del progresivo.
Cimentando su reputación en las frenéticas presentaciones en vivo, debutaron en el 2002 con el EP Tremulant, al que le seguiría De-Loused in the Comatorium (03) con una notoria influencia de Santana y que representaría su conmocionante primer largo: entre la pretensión y la experimentación, no dejaron a nadie en la indiferencia. Manteniendo el tono de pesadez aunque con energéticas vocalizaciones y dando espacio a largos solos de guitarra, grabaron Frances the Mute (05), muestra de que lo suyo parecía ir en serio.
Ya encarrerados y con algunos cambios en la alineación de músicos, presentaron el intrincado aunque bien cuidado Amputechture (06), que volvía a incluir la presencia de John Frusciante (Red Hot Chili Peppers) y en el que se advertía cierta tesitura española con pasajes atmosféricos; para no perder ritmo, continuaron con The Bedlam in Goliat (07), su más reciente producción, en donde parece privar un incansable rock duro vestido de cierto ocultismo. Por su parte, Omar Rodríguez-Lopez compuso la música para la fallida El búfalo de la noche y ha desarrollado una trayectoria solista de tres álbumes.

MY MORNING JACKET: CATARATAS EMOTIVAS
Recuperando la tradición del country y del pop americano con tintes independentistas, este en inicio cuarteto de Kentucky con clara influencia de The Band y Neil Young –con todo y su clásico reverb- y lidereado por el vocalista Jim James con la permanente compañía del bajista Two Tone Tommy, se dio a conocer con el sorprendente The Tennessee Fire (99), apostando por armonías orgánicas y melodías rápidamente asequibles, sin caer en simplismos de moda. En At Dawn (01), su siguiente producción, se sumaron un par de músicos y se mantuvo intacta la vena creativa incluso en las letras.
La entrada a las grandes ligas discográficas estaba en puerta: It Still Moves (03), para muchos su mejor trabajo a la fecha, representó una sólida carta de presentación para un público más amplio, lo que parecía no afectar su consistente entramado compositivo y su notable capacidad para la evocación de paisajes reconfortantes no exentos de ciertos revulsivos. Después de esta obra, el guitarrista Johnny Quaid y el tecladista Danny Cash decidieron dejar el grupo.
Para Z (05), su siguiente disco, contaron con la integración de Bo Koster y Carl Broemel y así volver a configurarse como quinteto: si bien se podrían identificar algunos cambios en las estructuras musicales, el denominador básico se mantiene, entre la intensidad con momentos de languidez y la atención melódica. Okonokos (06) funcionó como testimonio del talento del grupo en vivo, integrado básicamente por piezas de sus dos álbumes anteriores. Un nuevo disco se encuentra a punto de salir al mercado, quizá forme parte de su presentación en México.

Fernando Cuevas
Nos escuchamos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

Soldadera 136

RETORNOS Y VENGANZAS: DE LA BARBERÍA AL ORFANATO


Un par de films que plantean sendos regresos de los personajes protagónicos a lugares que los marcaron de por vida, aún cuando ellos no lo supieran. Dos formas de mirar el terror: con salpicadas de musical y con eje argumental dramático. Veamos.

SWEENEY TODD: EL MUSICAL SE TIÑE DE SANGRE
La venganza no redime, subyuga. Por eso el barbero londinense Benjamin Barker mantiene todo el tiempo, desde su regreso del injusto exilio al que fue remitido, el gesto adusto, descompuesto y desencajado, aún cuando canta. El espíritu vengativo se ha apoderado de su alma y los ojos lo reflejan: la mirada no está puesta en algún lugar, sino en el vacío de quien lo ha perdido todo, incluso el gusto por el dulce revanchismo de ver a su victimario convertido en presa de sus dotes afeitadoras. Ya es demasiado tarde para sentir algún tipo de satisfacción.
Basada en la comedia musical de Sondheim/Wheeler de finales de los setenta (que retoma el cuento publicado en 1846), con guión de John Logan (El aviador, 04) y dirigida por, quién más, Tim Burton, Sweeney Todd: el barbero demoniaco de la calle Fleet (EU, 07) es una estilizada cinta gore con salpicadas de musical –y no al revés- en la que seguimos la desventura de un apacible barbero londinense (Johnny Deep, quién más) despojado de su esposa e hija por el maloso juez Turpin (Alan Rickman), y enviado lejos de ellas durante quince años.
A su regreso, ya con mechón cano y ojos circundados por ojeras permanentes, sólo mantendrá el interés vital a partir de buscar venganza y agarrar parejo a cuanto cliente se aparezca, siempre con la complicidad de una pastelera enamorada (Helena Bonham-Carter), dedicada a transformar la materia prima que produce su amado, y ahuyentando a una locuaz pordiosera ambulante, mientras que un joven marino (Jaime Campbell Bower) se esfuerza por salvar a la hija del barbero (Jayne Wisener) de las garras del envejecido juez, acaso también vacío a pesar del poder que aún ostenta.
En la línea de La leyenda del jinete sin cabeza (99) y El cadáver de la novia (06), aunque dando un giro aún de mayor violencia en comparación con la primera, y tiñendo de grises el ambiente, acaso en la contraparte de El joven manos de tijera (90), Burton se mueve como El gran pez (04) en un Londres hiperrealista y monocromático que sólo se permite cierto colorido con el rojo de la sangre y en las ensoñaciones familiares de la repostera con niño incluido, ubicadas en un mundo feliz y lleno de luz, a excepción de, otra vez, el gesto de su pareja, siempre sombrío.
A pesar de que la narrativa no fluye de igual manera a lo largo del relato, la combinación de las canciones –ese recorrido ofreciendo una afeitada ante personas inmutables- con las secuencias de los asesinatos –esas caídas de los cuerpos inermes- le dan un justo tono macabro con todo y el canibalismo involuntario, que contrasta con la idea de musical que predominó en los años treinta, de la celebración ya conocida, a la intensidad de Cabaret (72) de Bob Fosse y al drama explícito como en Bailando en la oscuridad (00) de Von Trier, pasando por el género criminal visto en Chicago (02).
Las contadas coreografías ceden protagonismo al imponente diseño artístico, a la fotografía como en tinieblas y, por supuesto, a la sangre derramada a borbotones: de la teatralidad de la fuente original, nos trasladamos a una propuesta puramente cinematográfica en la que bien se aprovechan los diversos recursos visuales tan a la mano como la navaja de afeitar del barbero poseso, ya con una sed de venganza imposible de saciar, por más gargantas que corte, incluyendo la del amenazante competidor (Sacha Baron Cohen).
Se agradece que un director tan consolidado como Tim Burton siga aceptando riesgos: con un pie en terreno conocido (el lado oscuro del mundo) y el otro en campo por descubrir (el musical con todo y sus lógicas), ha logrado seguir avanzando con una obra que al mismo tiempo puede cautivar o causar repulsión; emocionar en su dramatismo u obligarnos a voltear la mirada; involucrarnos con sus personajes des-almados o mantenernos ajenos a ellos. Ahora sabemos que esto del canto y la venganza, se lleva en la sangre.

EL ORFANATO O CÓMO REVIVIR LOS JUEGOS DE LA INFANCIA
Con una secuencia introductoria en la que unos niños juegan de manera despreocupada en un jardín, mientras se revuelven en el aire pequeñas partículas y que pudiera recordar a la libertaria y poética Cero en conducta (33) del breve maestro Jean Vigo, El orfanato (España-México, 07) recupera este espacio institucional infantil de abandonos y encuentros donde pueden convivir diversas realidades, de acuerdo a los mundos imaginados por los niños o por las realidades contrastantes que ahí se desarrollan.
Una de las niñas es adoptada mientras que el resto permanecerá ahí acaso más allá de la propia existencia corpórea. Años después, en una decisión del guión discutible, la niña vuelta madre y esposa (Belén Rueda) decide trasladarse ahí mismo para convertir el viejo orfanato en una especie de centro de atención para niños con algún problema de discapacidad (habilidades diferentes reza el falso eufemismo). Su esposo es médico y su hijo padece una enfermedad severa, además de tender a conseguirse amigos imaginarios.
Como sucedía en El resplandor (Kubrick, 80) el trío familiar se asienta en un sitio poblado de historias y secretos que se irán develando con parsimonia y consistencia, uno de los aciertos del guión, potenciados por la aparición de una extraña anciana que no dice ser quien es pero que estará involucrada con parte de los sucesos que aún se mantienen entre las paredes: cuestión de creer para ver más allá del tapiz, como bien se plasma en la presentación de los créditos iniciales.
Auspiciada por Guillermo del Toro regresando a El espinazo del diablo (01) y dirigida con firmeza pausada por J. A. Bayona, la cinta se centra en la culpa materna dentro de un contexto sobrenatural y en cómo la condena a repetir pasados se presenta en los momentos menos pensados. Un cuidadoso manejo de la cámara, salvo en ciertas secuencias que se opta por la cámara en mano, permite que los desplazamientos nos introduzcan por los diferentes recovecos de la vieja casona, casi siempre evitando el sustito facilón y desarrollando paulatinamente la tensión vivida por la madre, más allá de la desperdiciada presencia del personaje del padre.
Como en el juego de la búsqueda de tesoros, estamos ante una historia que se va concatenando a partir de pequeños hallazgos y claves encubiertas, jugando con variedad de tonalidades y con el contraste entre la oscuridad, por momentos total, y la luz, cual elemento que termina por esconder más de lo que deja ver. Las imágenes se integran en exteriores e interiores para no perder el contexto y no dejar de incidir en lo que sucede, o más bien sucedió, en el orfanato.
Tanto los encuadres abiertos como los que nos muestran el rostro de la madre, enfatizan los diferentes planos de una historia cimentada en el pasado y cuyos efectos se van develando siempre en referencia con aquél. La banda sonora, tanto la música como los efectos de sonido, juegan un papel esencial en la puesta en escena: el terror entra por los oídos para instalarse en el imaginario, a pesar de la tranquilidad aparente de la pareja tocando el piano. Bayona, un buen alumno de la tradición del género, entiende que el miedo pasa más por lo que se escucha que por lo que se ve y aunque de pronto recurra a ciertos clichés (la incredulidad de los padres, la necedad de las autoridades, la presencia rechazada de expertos en materia paranormal), consigue crear una obra por momentos inquietante, sobre todo por la dimensión dramática del relato, quizá más que por la del horror.
Queda la búsqueda incansable de una madre, lidiando con las culpas y el abandono del resto, para encontrar al hijo perdido, así sea necesario romper con los propios esquemas y creencias. Cierto, es una labor que se hace en solitario y recurriendo a los episodios más dolorosos que se puedan haber experimentado. El faro podrá volver a iluminar, el espantapájaros se podrá erguir una vez más y el mar crecerá irremediablemente: habrá que recordar los juegos de la infancia para dar cuenta de los detalles que nos lleven al redescubrimiento personal y, de paso, a la liberación eterna.

Fernando Cuevas
Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

Soldadera 135

SOY LEYENDA: CONVIVIR CON LA SOLEDAD O EL FIN DE LA ESPECIE

En aras de buscar un filón con mayor potencial comercial o hacer la historia más accesible y de acuerdo a las expectativas que un sector del público genera, las adaptaciones fílmicas de cuentos o novelas pueden dejar de lado elementos sustanciales o, incluso, olvidarse del espíritu del texto literario. Aunque se trata de dos lenguajes distintos, sabemos que un buen guión adaptado es aquél que justamente consigue reconstruir, a partir de otros códigos, la esencia de una historia.
Un ejemplo que tenemos a la mano es Soy leyenda (EU, 07), filme dirigido por Francis Lawrence (Constantine), que funciona mejor desde lo visual que desde lo argumental. Hemos visto en repetidas ocasiones que el cine de ciencia ficción conjuntado con el de horror es un terreno resbaloso: así, pareciera que el film está más cerca de obras como Exterminio o El regreso de los muertos vivientes, que de su contraparte literaria en la que abundan subtextos relacionados con la condición humana.
La tercera adaptación del clásico de 1954 de Richard Matheson, autor de El hombre menguante, después de El último hombre en la Tierra, (64) y El hombre omega, (71) plantea un promisorio arranque y un adecuado desarrollo, pero falla en la resolución a partir de la aparición de la mujer y el niño, sobre todo si comparamos la perspectiva pesimista e inquietante de la novela con el simplón desenlace del film, cayendo en convencionalismos muy propios de las películas de los grandes estudios.
Mientras que en la novela el personaje de Ruth es fundamental y poliédrico, en la película carece por completo de matices, restando por completo todo el potencial reflexivo en torno a las especies y al nuevo orden -que aparecen en el libro- y a la relación que establecen ambos, mucho más intensa que lo que alcanzamos a visualizar en la cinta. “Neville miró los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían destruir. Y de pronto, nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar de todo” (p. 180)
En efecto, la complejidad y profundidad del texto original se pierde en esta versión que busca responder a una visión innecesariamente triunfalista, acaso contextualizada y provocada por el 11 de septiembre y con una mirada heroica de carácter celebratorio. Se entiende que se limiten las disertaciones científicas, aunque se extrañan ciertas explicaciones que vinculen la secuencia de la entrevista inicial a la doctora que ha encontrado una cura contra el cáncer (Emma Thompson), con la posterior presencia del virus transformador.
Al estilo de la Amenaza de Andrómeda, la humanidad ha quedado devastada: en Nueva York hay un sobreviviente (Will Smith, en su mejor interpretación sosteniendo toda la película), cual versión de un Robinson Crusoe en la isla de hierro y asfalto. Sólo es acompañado por su perra negada a comerse sus vegetales y pasa el tiempo esperando algún contacto humano, persiguiendo venados, experimentando con ratas, acumulando víveres, hablando con maniquíes, cuidándose de una especie de zombies-vampiros y lidiando con los recuerdos de su familia. Bob Marley, por su parte, suena cadencioso e iluminador.
Gracias a la eficaz puesta en escena, el manejo versátil de la cámara, la puntual inserción musical y la construcción de escenarios (ese Nueva York inundado por la ausencia), pronto nos vemos inmiscuidos en la peculiar circunstancia del protagónico, por momentos rayando en la demencia pero aún manteniendo la esperanza sobre un futuro que le permita a la especie empezar de nuevo: cada amanecer invita a conservar las expectativas de vida que siempre se verán acechadas con la llegada de la oscuridad.
Con todo, los momentos de dramatismo, humor y tensión se entreveran con equilibrio y mantienen durante un buen tiempo el interés y hasta la empatía del espectador, acaso imaginándonos como seres solitarios, luchando contra nuestra propia naturaleza gregaria en un entorno ruinoso construido por nuestros ancestros: ahí queda la discusión sobre los inescrutables designios divinos y las mutaciones no sólo corpóreas, sino sociales y afectivas.

Fernando Cuevas
Nos leemos después.
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Soldadera 134, domingo 17 de febrero 2008

PETER BJORN AND JOHN: EL SOL SALE PARA TODOS

El sol también se aparece, aunque sea de vez en vez, en Suecia. Lo supimos cuando hace ya algunos años, un grupo con nombre palíndromo que sólo empleaba las dos primeras letras del alfabeto nos llenó los oídos con un delicioso pop que bien nos podía hacer saltar a la pista de baile. En efecto, ABBA inició una tendencia musical más desenfadada en aquel país cuyas manifestaciones culturales más bien tendían al drama intenso.
Así es como, junto con un rock pesado de alcances terroríficos, en Suecia sobrevive un pop luminoso, inteligente y de una frescura capaz de alumbrar las prolongadas oscuridades y derretir los fríos invernales. Quien levanta la mano es el trío cuyo nombre carece de una coma, Peter Bjorn and John, cuya principal virtud se encuentra en la habilidad melódica siempre pegajosa pero nunca fastidiosa, muy recomendable para cambiar el rostro angustiado por otro más bien sonriente y despreocupado.
El trío se formó en Estocolmo hacia 1999 con Peter Morén en la vocal, armónica y guitarra; Björn Yttling en el bajo, teclados y voz, y John Eriksson en las percusiones, batería y también vocales. Con cierto barroquismo a la Beach Boys y un pop sesentero actualizado con elementos de la new wave ochentera, empezaron a aparecer en algunas recopilaciones que los dieron a conocer en su tierra y alrededores, subiéndose a la ola del indierock, que tanta atención empezó a merecerle a las voraces compañías, hoy viviendo una crisis evidente.
Algunos sencillos pavimentaron el camino para la aparición de su homónimo álbum debut en el 2002, una obra discreta que los empezaba a colocar en la escena del pop europeo. Le siguieron los EP´s 100 M Of Hurdles y Beats, Traps and Backgrounds, como antecedentes de Falling Out (04) su segundo largo que denotaba mayor creatividad y una idea lo suficientemente clara de cuál era su lugar en el mundo del pop. Con esta obra se dieron a conocer al otro lado del Atlántico y se integraron a la irrupción de grupos de aquellos lares como The Concretes, de tendencia casi pastoral, The Shout Out Louds y The Legends.

MÚSICA DE LA COTIDIANIDAD
Este recorrido ascendente continuó con el espléndido Writer´s Block (07), considerado uno de los mejores discos del año pasado en el que la facilidad melódica, al tiempo compleja, se desgrana en estructuras armónicas e instrumentales vigorosas, llenas de matices y detalles que se van descubriendo conforme se pone mayor atención en la escucha de cada uno de los temas.
Después de una breve introducción de la canción titular, Objects of My Affection irrumpe con un arranque de guitarra electroacústica y una marcha de batería, que nos despierta de inmediato y nos coloca en el estado mental de reconocernos más vivos. Un chiflidito como que no quiere la cosa antecede el diálogo de Young Folks, canción que se te pega en la cabeza sin siquiera avisarte, con todo y la participación de Victoria Bergsman, voz amiga de los mencionados The Concretes.
De ahí nos vamos de turistas: Amsterdam nos invade con ese medio tiempo entrecortado y Paris 2004 nos conduce irremediablemente a uno de esos momentos románticos que de tan comunes, se quedan en la memoria: el anillo del compromiso quedará pintado por mucho tiempo y se recordará cada vez que tomamos un croissant por la mañana aún en la tibieza de la cama.
En Start to Melt consolidamos el romance con una instrumentación machacona y convincente, mientras la vocal de John se asume como portadora de cierta tranquilidad, aunque en Up Against The Wall volvemos a estar en una situación poco controlada, que contrasta con la desnudez y simplificación de recursos que de pronto se nutren por la incorporación de efectos sonoros. Una guitarra gorda se desgrana en Let´s Call It Off, donde queda claro que conviene dejar algunas cosas sin explorar, tal como lo plantean los autores a tres voces.
Con el shh shh shh y un inquieto bajo, The Chills se articula como a la distancia, en donde caben los juegos vocales y cierta evocación, dejando que el optimismo lírico vuelva con Roll the Credits, renuente a explotar vía la guitarra que funge a manera de contención, incluyendo las campanas tubulares. El álbum cierra con el folk de Poor Cow a manera de pausada reflexión sobre el fin de la historia personal, cuando ya nada importa y mucho menos lo que se quería vender como tal.
El trío sueco se presentó el sábado 26 de enero en el Lunario del Auditorio Nacional en la Ciudad de México: buena alternativa para ver a un grupo en su momento y descubrir que, más allá de las lejanías, somos mucho más parecidos que lo que suponemos, sobre todo si pensamos que el sol sale para todos.

Fernando Cuevas
Nos escuchamos después.
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Soldadera 132

EL CINE DE 1957

Demos una fugaz repasada de algunas de las películas memorables que cumplieron cincuenta años en este 2007 que recién terminó.

MAESTROS DE TODAS PARTES
Los dos grandes que se fueron este 2007 tuvieron presencia en 1957: una de las cumbres de Ingmar Bergman fue Fresas salvajes, reflexivo y simbólico viaje vital y mortuorio de un profesor de medicina en el que importaba más el trayecto que el destino, acaso como la propia existencia. Por su parte, Michelangelo Antonioni dirigió El grito, en la que diseccionaba con su peculiar mirada a las clases altas. El cine post Stalin encontró una fuerte muestra de renacimiento con Cuando miran las grullas, dirigida por Mikheil Kalatazov.
Fellini filmó Noches de Cabiria interpretada por Giulietta Messina como la ingenua prostituta en busca del amor y Kurosawa Trono de sangre, aportando su visión a Macbeth, clásico de Shakespeare. Desde la India llegaron un par de cintas memorables: Aparajito, la segunda entrega de la famosa trilogía de Satjyajit Ray, y Bharat Mata, obra de Mehboob Khan centrada en la batalla de una mujer atrapada entre la tradición y el cambio.

MUSICALES, COMEDIAS Y ROMANCES
En clave de musical, Una cara con ángel de Stanley Donen, ponía a Audrey Hepburn y Fred Astaire como improbable pareja romántica en un entorno colorido. Por este mismo circuito, el mundo conocía a un negro atrapado en un cuerpo de blanco que movía las caderas en público como no se había visto antes: Elvis Presley bailaba con su traje de presidiario El rock de la cárcel, de la mano de Richard Thorpe. Por su parte, George Cukor filmaba la joya Las Girls con música de Cole Porter.
Leo McCarey juntó a Cary Grant y Deborah Kerr en Tú y yo, y el prolífico Billy Wilder hizo lo propio con Gary Cooper y Audrey Hepburn en Ariane. Marlon Brando se enamoraba, en el contexto posterior de la Segunda Guerra Mundial, de una japonesa en Syonara, realizada por Joshua Logan. Caso similar le sucede a Clark Gable al caer rendido ante una esclava, interpretada por Ivonne De Carlo en Band of Angels de Raoul Walsh.
Una de las películas escandalosas de la época fue Y Dios creó a la mujer de Roger Vadim, en la que Brigitte Bardot le llenaba el ojo a intérpretes y espectadores por igual; Faulkner fue adaptado con profunda convicción por Douglas Sirk en Ángeles sin brillo y Otto Preminger le ponía melancolía a la pantalla con Bonjour Tristesse.

WESTERN Y THRILLER
Un par de francesas: Ascensor para el cadalso, debut de Louis Malle, combinaba el drama con el thriller policíaco, atravesado por la hoy consabida fórmula de esposa-amante-matan-marido, mientras que el eterno Claude Chabrol presentaba Mi bello Sergio; por su parte, Jacques Tourneur dirigió La noche del demonio en tono terrorífico. El maestro Hitchcock colocó a Henry Fonda como Falso culpable, en una de sus más grandes cintas, quizá no tan publicitada pero terriblemente efectiva.
El western estuvo bien representado por La verdadera historia de Jesse James de Nicholas Ray y El tren de las 3:10 de Delmer Daves, revisitadas por sendos remakes este año; Anthony Mann contribuyó con El hombre del Oeste, John Sturges con Duelo de titanes y Samuel Fuller con Cuarenta rifles. Recuperando la autobiografía del piloto de la marina Frank ‘Spig’ Wead, John Ford firmó Escrito bajo el sol con John Wayne y Maureen O’Hara.

JUICIOS, GUERRAS y CIENCIA FICCIÓN
Un clásico del cine de juicios es Doce hombres en pugna de Sydney Lumet, en la que Henry Fonda encabeza una reflexión contraria a lo que el resto de los jurados pensaba con respecto a un acusado; en este mismo ámbito y basada en la novela de Agatha Christie, Billy Wilder dirigió Testigo de cargo con una estupenda Marlene Dietrich. Otro par de clásicos, éstos del cine bélico: El puente sobre el río Kwai del realizador David Lean, obra redonda desde donde se le mire y la crítica Senderos de gloria, dirigida por Stanley Kubrick y ubicada en la Primera Guerra Mundial.
La ciencia ficción encontró en El increíble hombre menguante del realizador Jack Arnold, un poderoso ejemplo de cómo la alienación del ser humano empieza por casa: “Yo continuaba menguando, convirtiéndome… ¿en qué? ¿Lo infinitesimal? ¿Qué era yo? ¿Aún un ser humano? ¿O era yo el hombre del futuro?” (Cita de la película en Müller, Jürgen, Cine de los 50, Taschen, 2005).

Valga este recorrido para recordar o descubrir el cine que se miraba, disfrutaba o sufría, según el caso, hace cincuenta años.

Fernando Cuevas

Nos leemos después.
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