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27/06/08

CINE AMBIENTALISTA
Tres cintas que cifran su postura desde una perspectiva ecológica, cuestionando el papel de la especie humana como el principal problema y, en una mirada optimista, la más importante solución para los males que aquejan a la biósfera. Desde la ficción y el documental, textos que invitan al análisis y a la reflexión sobre qué estamos haciendo y, más importante, qué podríamos hacer para revertir nuestra relación con la naturaleza, considerando una visión más estética que económica, más sustentable que productivista.

1. Dirigida y escrita por M. Night Shyamalan, después de la despreciada La dama del agua (06), El final de los tiempos (EU, 08) parte de una premisa absorbente que no llega a redondearse del todo: en los parques de las grandes ciudades de la costa este de EU, las personas atentan contra su vida después de mostrarse desorientadas, provocando suicidios colectivos que se van extendiendo a poblaciones más pequeñas. La especulación sobre las causas van del terrorismo en primer lugar (recordando el 11/09) a ciertos fenómenos de equilibrio ecológico, dada la plaga en la que nos hemos convertido.
Recuperando elementos de la ciencia ficción, del cine de catástrofes y hasta del gore, la cinta se desarrolla con base en algunas secuencias notables y al mismo tiempo perturbadoras, centrándose en un matrimonio joven y la hija de un amigo que luchan por sobrevivir, acaso limitando el alcance potencial de la inquietante premisa. Queda claro que no podemos mantener los estilos de vida ni ciertos supuestos de nuestra cultura, sin enfrentar consecuencias devastadoras.

2. Producida y narrada por Leonardo Di Caprio, escrita y dirigida por Leila Conners Petersen y Nadia Conners, La última hora (The 11th Tour, EU, 07) se suma a trabajos como La corporación y La verdad incómoda para advertir, por una parte, sobre los cambios necesarios para salvar a nuestra única casa, y para proponer, por la otra, alternativas de solución frente al destino que pareciera estarnos alcanzando. La racionalidad con la que hemos venido funcionando desde la revolución industrial supone ubicarnos como la especie dueña de la naturaleza, en lugar de considerarnos como parte de ella.
Con algunas imágenes shock, música de Sigur Rós, Cocteau Twins y Coldplay y una serie de testimonios que van del dato científico duro al comentario social y filosófico, el documento recupera el testimonio de diversos personajes involucrados en esta cruzada por transformar nuestros patrones culturales: Stephen Hawking, Gorbachev, James Woolsey (ex cabeza de la CIA) y un importante grupo de ecologistas, diseñadores ambientales y líderes tanto científicos como sociales, van apareciendo en pantalla para compartir sus diagnósticos y propuestas.

3. Dirigida por Adam Ravetch y Sarah Robertson, Un cuento polar (Arctic Tale, EU, 07) sigue a una osita polar y a una pequeña morsa en sus vicisitudes para sobrevivir en un medio hostil, no sólo por las condiciones naturales sino también por los cambios climáticos que ha sufrido aquella región del mundo, una de las más afectadas por el aumento de la temperatura en nuestro planeta.
Con momentos de drama, ternura y humor, la cinta se construye a partir de sorprendentes tomas tanto bajo el agua como en la superficie gélida, y con una narración explicativa que va conduciendo las diferentes secuencias relacionadas de los dos personajes centrales. Al final, mientras pasan los créditos, una serie de niños aportan acciones posibles para colaborar con estas criaturas tan lejanas en lo físico pero tan cercanas en lo afectivo.
Fernando Cuevas
Nos leemos después.
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10/06/08

COMEDIAS EUROPEAS
Un trío de cintas que reflejan formas diversas de conceptuar y elaborar comedias, con el sello de los países de origen: una mirada a las relaciones humanas a partir de la amistad, la sexualidad y la muerte con espíritu ligero y sin necesidad de forzar la risa. Disponibles en los videoclubes de la Ciudad. Veamos.

HUMOR INCONSCIENTE
En la segunda década del siglo XX, las teorías freudianas empezaban a crear revoluciones desde la intimidad. Tenemos aquí a un hombre (Alex Brendemühl) que desaparece misteriosamente dejando a su esposa sola y a punto de dar a luz (Leonor Watling), quien decide lanzarse a la búsqueda del marido huidizo en compañía de su cuñado también psiquiatra (Luis Tosar), entre discusiones con su hermana y el anuncio de la próxima muerte de su padre, un eminente médico. La única pista: cuatro casos de pacientes femeninos encontrados en el escritorio del cónyuge.
Con esta premisa argumental que se va enredando cual caso para psicoanálisis, Joaquín Oristrell nos presenta Inconscientes (España, 04) a manera de comedia llena de intrigas, revelaciones y sorpresas continuas. Tanto la recreación de época como el estilo visual, que recupera la estética del cine mudo, nos conducen por los laberintos mentales, entre broma y broma, de una serie de personajes con pasados y deseos reprimidos que se constituyen como móviles de los misterios a punto de ser revelados. Entretenida y derivativa por partes iguales.

HUMOR AMISTOSO
Un tipo más bien antipático, dedicado a la comercialización y acumulación de obras de arte (Daniel Auteuil, mostrando su amplio registro), es retado por su socia para que demuestre que tiene un mejor amigo. Un taxista sabelotodo y afable sueña con participar en un programa de concursos de los que abundan en la televisión (Dany Boon, entrañable). Ambos separados de sus esposas, el primero apenas manteniendo contacto con su hija y el segundo dedicado a su trabajo entre esporádicas visitas a sus padres.
Dirigida por el experimentado Patrice Leconte, quien gusta de colocar a dos personajes con poco en común, aparentemente, y ver qué sucede como en El hombre del tren e Íntimos desconocidos, Mi mejor amigo (Francia, 06) es una sencilla y refrescante intromisión al poder de la amistad en contraparte a la posibilidad de comprarlo todo, incluyendo los afectos. Un jarrón quedará listo para ser llenado de lágrimas ante la pérdida del querido amigo.

HUMOR MORTUORIO
Una serie de personajes se reúnen con motivo del fallecimiento de un hombre del que no sabemos mucho: familiares y allegados se encuentran listos para hacerle los últimos honores al difunto. Como cabría esperar, nada sucede de acuerdo a lo planeado: un frasco con pastillas alucinantes, un misterioso hombre que nadie conoce y una serie de secretos y conflictos alrededor y adentro del ataúd, irán transformando estos servicios fúnebres en un divertido carnaval de situaciones difícil de resistir.
Con un humor inglés salpicado de algunas transgresiones, el director y voz de Yoda Frank Oz presenta, tras la fallida Mujeres perfectas (04), Un funeral de muerte (Death At a Funeral, Inglaterra-Alemania-Holanda-EU, 07), funcional comedia que igual nos arranca carcajadas que nos mantiene a la expectativa de cómo se resolverán los diversas eventos que van explotando entre los personajes, puntualmente delimitados y humorísticamente desarrollados.

Fernando Cuevas
Nos leemos después.
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23/05/08

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN
Como una especie de hermana menor de El señor de los anillos y desarrollada en consecuencia del éxito reciente del género fantástico de mundos paralelos, con Harry Potter como otro ejemplo visible, la primera entrega de Las Crónicas de Narnia se ganó un discreto aunque digno lugar en el imaginario fílmico, saturado de propuestas como La brújula dorada, El mundo mágico de Terabithia, Los seis signos de la luz, El misterio de la estrella y Las crónicas de Spiderwick, entre otras.
Basada en los famosos textos de C.S. Lewis y dirigida por Andrew Adamson (Shrek), Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian (EU, 08) representa un retroceso en el desarrollo de la franquicia y su traslado al cine –iniciado con El león, la bruja y el ropero (05)-, acaso porque se confió demasiado en que los efectos visuales provocaran lo que sólo consigue una buena historia: emociones. La gesta de los personajes no termina por integrar al espectador y el argumento se va desenvolviendo de manera predecible y hasta ingenua.
Por otra parte, la posibilidad de admiración se limita notablemente porque varias de las secuencias parecen prestadas de otras cintas, como la del metro, que remite al mago de la cicatriz o muchas otras que nos llevan directamente a la Tierra Media: quizá de las más obvias sean la de los árboles, cual mudos ents, la presencia de los gnomos con los hobbits como sus pares y la del portentoso Aslan –resucitado como Gandalf- con toda la carga de misticismo cristiano, capaz de controlar las fuerzas del río y hacer despertar a un gigante acuático, festín para los diseñadores de los efectos visuales.
Los hermanos Pevensie vuelven un año después a Narnia, aunque en este mundo han pasado 1300. Ahora el dominio pertenece a los telmarines, comandados por el siniestro rey Miraz (Sergio Castellito), que busca perpetuar su poder expulsando a su sobrino y heredero legítimo, un inocuo príncipe que da título a la crónica (Ben Barnes), una vez que su esposa (Alicia Borrachero) ha dado a luz un varón. Ayudado por su mentor (Vincent Grass), Caspian logrará huir del castillo para refugiarse en el misterioso bosque donde se topará en primera instancia con los gnomos Trumpkin (Peter Dinklage) y Nikabrick (Warwic Davis), quienes asumen una agradecible postura ambigua en medio de tanto maniqueísmo.
Apoyado por algunos incondicionales y no tanto, como Lord Sopesian (Damián Alcázar), el perverso monarca se enfrentará a un improvisado ejército de narnianos –la periferia del imperio, digamos- conformado por criaturas reales y mitológicas, el príncipe en destierro y, desde luego, la cuarteta de hermanos convocada a través de un cuerno cuyo sonido parece traspasar fronteras imaginarias. La inminencia de la guerra incluso generará tentaciones por resucitar al régimen anterior, como suele suceder, representado por la bruja de la entrega anterior (Tilda Swinton).
Tanto locaciones como vestuarios y un efectivo uso de efectos digitales, intentan rescatar una historia con escaso brío y de hueca acción, en la que las batallas nunca alcanzan el tono épico esperado y los conflictos se resuelven de manera casi siempre simplista, sin que se pueda generar algún tipo de tensión, no obstante la presencia de una sólida banda sonora, cortesía de Harry Gregson-Williams, y una dinámica articulación de cámaras que más bien se embeleza en los parajes neocelandeses ante la falta de una más interesante acción.
Para rescatar a la franquicia, se tendrá que pensar muy bien la próxima entrega y evitar ese añejo tono disneyano que si bien funcionaba el siglo pasado, deberá considerar cómo han ido cambiando las audiencias y, sobre todo, qué es lo han ido viendo en las pantallas para buscar algunos rasgos de mayor originalidad. De lo contrario, se quedará como el sustituto descafeinado, ya ni hermana menor, de El señor de los anillos.

Fernando Cuevas
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09/05/08

RELACIONES FRAGMENTADAS
Desde la comedia, el drama o una combinación de ambas, transitan parejas que fueron o serán en circunstancias muy particulares, como suele ser en estos fragmentados, patinosos e impredecibles terrenos del amor. Veamos.

CONVERSANDO CON LA OTRA
Con pantalla permanente dividida, que por momentos contribuye a la dinámica del relato y en otros más bien provoca cierto congelamiento (al revés de lo que se pretendía), y basada en un diálogo teatral sostenido por una expareja que se reencuentra después de varios años, Conversando con la otra (Conversation With Other Woman, EU-RU, 05) es la segunda propuesta del también editor Hans Canosa (Alma Mater, 02), en la que se busca reflexionar sobre la situación sentimental alrededor de los cuarenta, como consecuencia de las decisiones tomadas en los veintes.
Él y ella –así, sin nombres propios-, conversan durante la sosa boda de la hermana del casi cuarentón, en la que la de edad igual participó, inexplicablemente, como dama de honor: recuerdan su relación, hablan de sus nuevas parejas y hasta dibujan imposibles escenarios de vejez: aquí funciona el flashback, la fracturación temporal y la ruptura del campo-contracampo (vemos a emisor y receptor simultáneamente de frente), gracias a la división vertical de la pantalla; pero cuando la conversación es directa y sin referentes visuales concretos, lo único que consigue es estorbar.
Más allá de la forma, la cinta alcanza a fluir gracias a las actuaciones de Aaron Eckhart y Helena Bonham Carter, y a ciertas líneas de diálogo que se centran en la ruptura, la infidelidad, la posibilidad del regreso y la felicidad, tal como apunta el taxista hacia el final del encuentro. Nunca terminamos por saber la verdadera razón por la que la mujer decidió asistir a la celebración: podremos entretejer nuestras propias conclusiones.

LO QUE PERDIMOS EN EL CAMINO
Con su clásico estilo visual –abundancia de planos detalle, inmediatez en las tomas y movimientos bruscos- y temático –tres personajes enredados en complejas y por momentos sugeridas intenciones amorosas, con tragedia de por medio- la exdiscípula del Dogma 95 Susanne Bier (A corazón abierto, 02; Verdades ocultas, 05; Después de la boda, 06) nos presenta Lo que perdimos en el camino (Things We Lost in Fire, EU, 07), su incursión en el diverso terreno hollywoodense que por lo visto no hizo mella alguna en su propuesta fílmica.
Fuera de la inserción de rostros conocidos (Halle Berry, David Duchovny y Benicio del Toro) bien dirigidos y de convincente desempeño actoral, las preocupaciones de la directora danesa se mantienen intactas: se plasman a partir de la relación que establece una mujer madre de dos hijos, recientemente viuda, con el mejor amigo de su esposo, un heroinómano en trance de curación. Contrapunteando el tejido relacional, aparece un vecino con matrimonio trastabillante y la también adicta anónima ya recuperada. ¿Será posible recuperar de las cenizas lo que se extravió durante el incendio?

SE RENTA ESPOSA
Un creador de perfumes vive con la presión de su madre y múltiples hermanas para que siente cabeza, pero de la manera en que ellas quieren, desde luego. Harto, nuestro improbable héroe (Alain Chabat, también coguionista), decide contratar a una mujer, la liberal hermana de su mejor amigo (Charlotte Gainsbourg) para aparentar frente a la familia y que lo dejen de enchinchar. Como cabría esperarse, la relación tomará caminos imprevistos para ambos y para la corte de mujeres-arpías que los ven con lupa.
Dirigida en tono de comedia y recuperando la tradición francesa del género por Eric Lartigau, Se renta esposa (Francia, 07) es un sabroso entretenimiento condimentado con atractivo diseño de personajes e inteligente creación de situaciones que permiten articular un humor casi natural, del tipo en el que nos podemos mirar al espejo. De paso, una sutil mirada a las imposiciones sociales sobre los individuos que no entran a la norma de felicidad decidida por quién sabe quién.

Fernando Cuevas
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02/05/08

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO: EL INFIERNO AHORA

Como todos somos pecadores, reza el proverbio irlandés, habrá que asegurarse de llegar al cielo media hora antes de que el diablo se entere que hemos muerto. Justo treinta minutos para evitar que el resto de nuestros días se conviertan en un infierno. Pero cuando ni siquiera sabemos que ya morimos, ese lapso podría pasar desapercibido: la vida, entonces, se convertirá en un constante descenso a los infiernos y cada acción que se tome, sólo provocará un mayor hundimiento del que al final, no podrá haber escapatoria y permeará la angustia de saber que todavía no hemos tocado fondo.
Con un brío sorprendente a sus 83 años y con 43 películas a sus espaldas, el maestro Sydney Lumet, especialista en crisis morales de abogados, policías y delincuentes, nos regala Antes que el diablo sepa que has muerto (EU, 07), rompecabezas fílmico en el que cada pieza cobra un nuevo significado al insertarse con otras y éstas, a su vez, con el resto del conjunto: fracturando la linealidad a partir del robo a una joyería, se desgranan una serie de episodios que reconstruyen el verdadero centro del relato: el vacío existencial de una familia escindida.
Como un perverso mecanismo autodestructivo, los componentes del relato van revelando el laberinto sólo con entrada y nunca con salida en el que se involucran un par de hermanos y el padre de ambos, viviendo crisis agudas de diversa índole, en las que nada cuadra con nada y la justicia pretendida nunca llega, de acuerdo a su propia percepción. Del asalto funcionando como epicentro, nos regresamos algunos días para seguir a cada uno de los personajes y nos adelantamos para vislumbrar las siniestras y devastadoras consecuencias.
Además del arriesgado guión del primerizo Kelly Masterson, estamos frente a un equilibrado duelo de actuaciones, sello del director: Philip Seymour Hoffman encarna al ambicioso y drogadicto hermano mayor ahora ejecutivo de bienes raíces, con un amplio abanico de matices, que van de la indefensión a la histeria y de la derrota a la violencia incontenible; Ethan Hawke es el humillado por todos –incluyendo ex esposa e hija- hermano menor, inseguro y manipulable hasta el límite, y Albert Finney es el en apariencia tranquilo padre que ante situaciones extremas parece no detenerse hasta la venganza que lo lleva a un camino de luz cegadora.
Alrededor o en medio de ellos, la madre anciana y la hermana despreciativa; la esposa de uno y amante del otro (Marisa Tomei) que se mueve entre la rebeldía y la sumisión; el dealer andrógino que hasta suelta consejos no pedidos y el cómplice del asalto con esposa que no se cruza de brazos. En este entramado, de dimensiones shakesperianas, nadie parece estar a salvo ni tener el derecho a tirar la primera piedra: todos son pecadores hasta que se demuestre lo contrario o a partir que el diablo se entere de que han muerto.
Como en sus grandes obras, Lumet (Doce hombres en pugna, 57; Serpico, 73; Tarde de perros, 75; El veredicto, 82) explora a fondo la psicología de sus personajes con toda su carga de ambigüedad moral, revelando transformaciones que denotan una serie de motivaciones no siempre visibles en la superficie o escondidas en situaciones cotidianas, como la obra de teatro infantil, el examen de la vista o la convivencia alrededor del partido de béisbol.
Así, a partir de golpes sonoros y visuales que nos llevan de un episodio a otro y planteando la diversidad de perspectivas sobre los mismos hechos, según el personaje en cuestión e incluso desde la posición de la cámara, el filme se construye de manera poliédrica sin perder intensidad, asistiendo a diversos niveles dramáticos que consiguen absorbernos desde el primer momento y permitiendo que vayamos reconstruyendo la tragedia aún después de que terminó el film. De lo mejor en lo que va del año: un ejemplo de cómo los años, sí se pueden traducir en experiencia narrativa y no en agotamiento estético.

Fernando Cuevas
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Soldadera 138

MARGOTT Y SHERRY: MUJERES AL BORDE

Coinciden un par de películas disponibles en los videoclubes de la ciudad, concebidas en el contexto de la estética del cine independiente estadounidense, aunque con actores y actrices reconocidas, que sustentan su propuesta en sendas actuaciones convincentes cortesía de Nicole Kidman y Maggie Gyllenhaal, quienes interpretan a una conflictiva escritora de cierto prestigio y a una expresidiaria que lucha contra su adicción a las drogas, respectivamente. Los nombres de estos dos personajes aparecen en los títulos de las cintas.
Ambas encuentran como eje de actuación el complejo rol de la maternidad, sobre todo dadas las circunstancias de estas mujeres que terminan por parecerse más de lo que se podría suponer de entrada. De infancia difícil, apenas sugerida por ciertos detalles en las dos historias, se reencuentran con sus hermanos, viven conflictos con las respectivas parejas de éstos y enfrentan tanto crisis de pareja buscando pedazos de afecto en los hombres que las rodean, como por momentos incomprensión de parte de sus hijos. Ya sea en los grupos de autoayuda y en la búsqueda de trabajo, o en los círculos pseudointelectuales, estas dos mujeres buscarán reconstruir sus tortuosas existencias.
Margott (Kidman) asiste con su hijo adolescente (Zane Pais) a la boda entre su hermana (Jennifer Jason Leigh) y su prometido (Jack Black), un escritor eventual de reseñas musicales, que se llevará a cabo en la casa donde vivieron con sus padres. Además de los conflictos con la pareja, aparecerán algunos hombres de manera intermitente, desde su calmado esposo (John Turturro) hasta algunos amores del pasado. A manera de complemento, se establece un contraste entre el mundo adulto y el de los más jóvenes.
Dirigida y escrita por Noah Baumbach, quien nos regaló la estupenda Historia de familia (The Squid and the Whale, 05) en la que ya se introducía en la complejidad de las relaciones cercanas en un ambiente de escritores, Margott en la boda (EU, 07) se inscribe en la tradición, según se ha señalado, de los dramas del cine francés, particularmente los de Eric Rohmer, integrando un cierto humor que provoca más bien risas nerviosas. Si bien por momentos se extrañan mayores antecedentes de los personajes, se consigue crear un intenso entramado relacional que puede desmoronarse en cualquier momento.
Por su parte, Sherry (Gyllenhaal) obtendrá su libertad condicional y buscará acercarse a su pequeña hija, cuidada por sus tíos, quienes la reciben con actitud ambivalente. Entre la presión de su custodio, la tentación de volver a las drogas, la batalla por encontrar una chamba utilizando cualquier medio y el refugio que le representa un compañero del grupo de autoayuda (Danny Trejo, en papel inusual), intentará reconstruir un camino marcado por el conflicto.
Dirigida por la debutante en ficción Laurie Collyer (documental Nyurorican Dream, 00), Sherrybaby (EU, 07) es un retrato directo de una mujer y sus circunstancias, que busca verosimilitud tanto en el desarrollo de los sucesos y de los personajes, como en la forma de plasmar visualmente las vicisitudes que parecen no terminar: ahí están las secuencias en las que se enfatiza el abandono de sí misma y de quienes la rodean, en contraste con ciertos destellos de toma de conciencia.
Un par de films, en síntesis, que buscan atender más a sus personajes que a los propios argumentos. En tono directo exento de artilugios visuales, se plasman los caminos que ambas mujeres parecieran optar, al menos de manera transitoria, para seguir en el tránsito del encuentro consigo mismas, más allá de las dependencias hacia las sustancias evasivas y hacia los afectos inestables de los demás.

Fernando Cuevas
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Soldadera 137

LAS CRÓNICAS DE SPIDERWICK Y 10,000 A.C.
Un par de cintas sobre mundos pasados o paralelos, atravesadas por la fantasía y la aventura como punto de encuentro. Por una parte, Las crónicas de Spiderwick se inserta en esta aparentemente inagotable tendencia originada por El señor de los anillos y, por la otra, 10,000 A.C. está más cerca de convertirse en autoparodia tipo El cavernícola (Gottlieb, 81), que de formar parte de ese cine de matinée que mezcla con descaro épocas pasadas y grandes gestas entre imposibles y mágicas. Ya no digamos de La guerra del fuego (Annaud, 81).

LA CASA COMO REFUGIO (CASI) INFALIBLE
Basada en los libros de Tony Di Terlizzi y Holly Black, y dirigida por Mark Waters, Las crónicas de Spiderwick (EU, 07) es una funcional película familiar sobre una disfuncional familia que, dadas las circunstancias, empieza a enfrentar sus problemas de comunicación y a descubrir todo un mundo a su alrededor, oculto en la naturaleza que rodea a su nuevo hogar, una vieja casa que perteneció a un ancestro (el Spiderwick del título), quien descubrió un mundo maravilloso y siniestro a la vez, puntualmente detallado en un libro.
Sin demasiadas pretensiones, la historia fluye con dinamismo mezclando momentos de drama, alegría y acción bien aderezados con eficaces efectos visuales. Si bien las resoluciones de los conflictos pecan de cierto simplismo, se consigue el involucramiento del público, en especial del infantil, gracias a la presencia de diversas criaturas fantásticas, a los conflictos generados y tanto a la lograda interpretación de Freddie Highmore en doble papel, como al soporte de David Strathairn, Mary-Louise Parker y Nick Nolte como el ogro.
La capacidad para ver más allá de lo que se percibe en un principio, puede revelarnos mundos sorprendentes pero, sobre todo, afinidades con los seres cercanos de alguna manera distanciados por prejuicios o necedades: ahí está el reencuentro materno y paterno, respectivamente, justo cuando todo parecía haber llegado al final.

ROMANCE PREHISTÓRICO
Dirigida por el alemán Roland Emmerich, afincado en la vertiente hollywoodense de espectáculo premeditadamente hueco, triunfalista y cursi, 10,000 A.C. (EU-Nueva Zelanda, 08) inserta una historia de rescate y heroísmo en un contexto histórico inexistente, a pesar de que el título diga otra cosa. Emparentada con Apocalypto (Gibson, 06) por aquello de las tribus periféricas sobreviviendo frente a la metrópoli central, la cinta sólo se sostiene cuando aparecen los mamuts, los agresivos pajarracos y el tigre dientes de sable, que acaba por resultar muy agradecido (y demasiado digitalizado).
La odisea de los rescatistas, a pesar de esas tomas aéreas que pretenden emular las logradas en El Señor de los anillos, no alcanza ningún nivel dramático, ya no digamos el romance entre el galán de dentadura perfecta poco acostumbrado a la comida picante y la ojiazul de cutis impecable y nariz respingada: por momentos, en las secuencias de profunda seriedad, uno no sabe si reír, llorar o recurrir a las extintas palomitas, suplicando que acabe el sufrimiento de los pueblos sojuzgados y, de paso, el propio.
Las tribus negras son muy solidarias y el héroe es caucásico: ¿quiénes y cómo son los malos? ¿a quiénes remiten esos turbantes? Eso sí, que se busquen otro dios, porque uno que no es capaz de dar un paso lateral para que no lo atraviese una lanza aventada desde una enorme distancia, no es digno de tal responsabilidad, por más que la ignorancia se abra paso.

Fernando Cuevas
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Soldadera 130

VIDEOPCIONES: EL IMPERIO DE DAVID LYNCH

Un remake de una película maldita que pasa del set de filmación a otra realidad; actrices y actores que desempeñan confusamente un papel dentro de la cinta y otro en su propia vida; personajes que aparecen en mundos conectados por puertas laberínticas, espacios contrastantes conducentes a estados mentales impredecibles; desdoblamientos temporales en forma de telaraña y escenarios múltiples que conforman el mundo como puesta en escena permanente; diálogos que juegan con el absurdo y yuxtaposiciones narrativas indescifrables.
La nueva obra maestra de David Lynch, El Imperio (Inland Empire, EU-Francia-Polonia, 06), lleva al extremo las propuestas desarrolladas en Lost Highway y Mullholand Drive, en las que si la lógica se fracturaba, acá se rompe por completo. Tres horas de secuencias desbocadas cuya interrelación desafía la racionalidad narrativa originando un experimento tan absorbente como incomprensible. Más nos vale, como espectadores, dejar por un momento nuestra acostumbrada linealidad y dejarnos llevar por el torrente caprichoso de una película-río sin cauce previsto.
Desde la perspectiva argumental, tenemos a una actriz (Laura Dern), convocada por un director (Jeremy Irons) y su extraño asistente (Harry Dean Stanton) para rodar una versión de una película polaca con antecedentes siniestros, junto a un actor con fama de galán (Justin Theroux); entre ambos, pareciera establecerse una relación más allá del film, lo que provoca los celos del marido. A partir de este esquema narrativo, la realidad fílmica y la realidad tangible se empiezan a entreverar, entre acordes de Beck, Krzystof Penderecki y Dave Brubeck, y breves apariciones de William H. Macy, Nastassja Kinsky, Julia Ormond, Laura Harring y la voz de Naomi Watts.
Alrededor de esta trama nos vamos topando con una vecina pitonisa (Grace Zabriskie), un tipo al que llaman fantasma y gusta de la hipnosis, un grupo de polacos, un sitcom de una familia de personas con cabeza de conejo, una mujer que anuncia un asesinato con desarmador en mano –esposa del actor al parecer- y un grupo de jóvenes que igual pueden ser prostitutas o modelos que acompañan secuencialmente a la actriz principal, envuelta en una maraña de confusión absoluta, declarando su propia vida y viviendo realidades paralelas aunque con los mismos personajes, en las que incluso se ve a sí misma en situaciones desconcertantes.
Por si no fuera suficiente, una joven llora frente al televisor y un niño aparece, un grupo de cirqueros y otro de vagabundos que diserta al filo de la banqueta (“Está bien, te estás muriendo, es todo”); una calle sirve de escenario para ir y venir en el tiempo: puede ser el paseo de las estrellas. La narración regresa a algún punto que habíamos olvidado pero desde otra perspectiva y las interconexiones se suceden de manera sorpresiva, ya sea por teléfono o por el tránsito de una habitación a otra: la descontextualización atraviesa todo el relato.
Con cámara digital y empleo frecuente del close-up, la propuesta visual es tan diversa como los objetos y sujetos filmados. Cochambrosa iluminación teatral y combinación permanente de tonalidades en la que siempre una predomina, como diferenciando estados de ánimo o locaciones, se entrelazan con secuencias borrosas en blanco y negro o con imágenes-flash que contribuyen a la intención de alterar tiempos y realidades, al punto de ya no saber qué fue antes y qué después, qué es parte de la película dentro de la película o de la realidad de los personajes fuera de ella.
Se desliza una crítica al showbiz y a la idea de considerar al mundo como escenario donde lo que importa es el espectáculo: la trasgresión de lo privado vuelto telenovela de la realidad para verse en vivo y a todo color, mientras la vida transcurre en atmósferas sórdidas. Las coreografías de baile invaden los cuartos de la casas y la cámara se entromete aún en los momentos más angustiantes de la vida, quizá cuando vayas a morir. Lecturas múltiples, interpretaciones libres y expresiones inasibles. Una película tan incomprensible como cautivante.

Fernando Cuevas
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Soldadera 129

EL SOSPECHOSO: TERRORISMO NO MATA TERRORISMO
Como asignatura pendiente, el terrorismo de grupos fundamentalistas se ha tratado de erradicar a partir de otro terrorismo, el de Estado, a todas luces ineficaz: el ojo por ojo provocará la ceguera del mundo, como bien lo dijo Gandhi. El pretexto puede ser la voluntad divina o la instauración de la democracia, la promesa de un paraíso más allá de este mundo o de una convivencia más o menos armónica. En el fondo, la profunda necesidad de poder ideológico y económico que subyugue al otro, que lo supedite a las propias reglas: el resultado es un estado de barbarie, una espiral de violencia sin fin en la que ya no se reconocen los principios.
Basada en el libro de Kelley Sane, autor del guión, y dirigida por el sudafricano recién desempacado en Hollywood Gavin Hood (Tsotsi, 05), El sospechoso (Rendition, EU, 07) busca ser una mirada poliédrica al complejo tema del terrorismo y de la seguridad nacional, en el que se ven involucradas personas comunes e inocentes que nada tienen que ver con los atentados de grupos extremistas y las consabidas respuestas de los gobiernos, siempre escondidas de la luz de los derechos humanos más elementales.
Con creativo empleo del flashback y una equilibrada edición, vemos cómo se entreveran dos historias que encuentran su punto de encuentro en una explosión en una plaza egipcia, que provoca la muerte de cerca de dos decenas de personas, incluyendo un agente norteamericano de la CIA, cuestión que despertará al monstruo clandestino de la corporación de (dizque) inteligencia, dedicada a capturar chivos expiatorios cuando los culpables no aparecen: es la estrategia de la rendición, tal como refiere el título original.
Un ingeniero químico y ciudadano estadounidense de origen egipcio (Omar Metwally, a quien vimos en Munich), cubre los requisitos para ser apresado y desaparecido. Su esposa (Reese Whiterspoon) iniciará la búsqueda con la ayuda de un amigo (Peter Sarsgaard) secretario de un poderoso senador (Alan Arkin), confrontándose con la implacable responsable de la detención (Meryl Streep, siniestra cual debe), quien manda las órdenes al otro lado del mundo, donde un analista (Jake Gyllenhaall, estupendo) entra en estado de crisis al ser testigo de los métodos para obtener información por parte del jefe policíaco local (Igal Naor), personaje bisagra cuya presencia permite entroncar con la otra historia, en la que su hija (Zineb Oukach) se relaciona con un extremista también en crisis moral (Moa Khouas).
Si bien la narrativa apunta a la esperanza de justicia a partir de la conciencia individual y podría caer en cierta perspectiva inocente, termina por pesar más la lógica de las estructuras de poder: el film consigue equilibrar los dramas individuales –hombres y mujeres de familia con hijos- con el thriller político que se alimenta del trabajo de directores como Costa Gavras, Ken Loach, Alan Pakula y Jim Sheridan, y de films recientes como Vuelo 93 (Greengrass, 06), Camino a Guantánamo (Winterbottom, 06) o El paraíso ahora (Hany Abu Assad, 05).
Esta condición individual de los diferentes personajes, enfatizada a lo largo de toda la historia, se expresa a partir de logrados encuadres en los que vemos a cada uno de ellos lidiando con su propia soledad y sus respectivas angustias. Papel preponderante juega la iluminación, cuidadamente posada en los rostros derrotados, mientras el entorno –el frío cuarto de hotel, la celda claustrofóbica, la propia casa asfixiante- se mantiene en penumbras, como si el dolor o la esperanza, según el caso, pudiera llenar de luz una atmósfera saturada de oscuridad y muerte.
La postura crítica y didáctica del film pretende lanzar sus dardos tanto contra la CIA, en este caso, como contra el grupo fundamentalista y, desde luego, la policía local. De acuerdo al film, las intenciones de justicia que parten de una iniciativa individual pueden o no cimbrar la racionalidad imperante, aunque no transformarla por completo. En Estados Unidos no se practica la tortura, dice una contundente Meryl Streep: para eso está Guantánamo o alguna prisión escondida en otro país, donde el trabajo sucio se hace sin mayores contratiempos, salvo alguno que otro video que le dé la vuelta al mundo. Pronto se olvida.

Fernando Cuevas

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Soldadera 127

LOS DISCOS DEL 2007


Un año en el que algunos dieron sus discos gratis como Prince o Ray Davies; otros dejaron que cada quien pagara lo que quisiera, como Radiohead y hubo quien terminó largas relaciones con su empresa, como Paul McCartney; algunos más se reunieron sin disco de por medio para volver a tocar juntos (Led Zeppelin, Genesis, The Police, Van Halen y hasta las Spice Girls).
Parece que las formas de producción y comercialización se están transformando y, por ende, la relación entre disqueras, artistas y público: todo sea para que la música fluya con más facilidad y pueda llegar a más orejas, sin que la posibilidad económica siga siendo tan fuerte limitante. Un fugaz repaso por ciertos discos que aparecieron en el 2007. Veamos.

FEMINISMOS MÚLTIPLES
Con su reconocido toque urbano, desde la acera de enfrente se dejó escuchar Kala de M.I.A (álbum del año de acuerdo a Rolling Stone), así como Alright, Still de Lily Allen y Da Drought 3 de Lil Wayne. No obstante de pasársela en el escándalo gratuito, Britney Spears se dio tiempo para grabar Blackout, mientras que Amy Winehouse, otra hija predilecta del sensacionalismo límite, se desgranó en el sentido Back To Black. Alicia Keys, Joss Stone y Rihanna, le pusieron un poco de blues y R&B al año con As I Am, Introducing y Good Girl Gone Bad, respectivamente
Un par de bandas comandadas por ellas: Rilo Kiley presentó Under the Blacklight, y Bat For Lashes, Fur and Gold. Un emocional viaje por los terrenos del folk, el pop y el country tuvo guías de lujo: Feist con The Reminder, Lucinda Williams con West, Joni Mitchell con Shine, Laura Veirs con Salbreakers y Ricky Lee Jones con The Sermon on Exposition Boulevard. Melissa Etheridge, por su parte, muestra muchas ganas de seguir viviendo con The Awakening.
Tres piezas clave de la música hecha por mujeres asomaron sus infinitas emociones y posibilidades: Bjork continuó el camino de la experimentación con Volta; PJ Harvey nos obsequió el fantasmal White Chalk y Tori Amos mostró su múltiple personalidad en el extenso American Doll

OPUS 2
Arcade Fire y su Neon Bilble (disco del año según la revista Q), LCD Soundsystem con Sound of Silver (álbum del año de acuerdo a Uncut) y Arctic Monkeys vía Favourite Worst Nightmare, firmaron tres de los discos indispensables del año: los primeros nos introdujeron a una iglesia y con órgano incluido clamaban frases antibélicas; los segundos nos pusieron otra vez en la pista de baile con sus salpicadas punk y los terceros lograron superar su tan sonado debut, demostrando que además de ruido, también hay nueces, como en el caso de los Babyshambles y su Shotters Nation.
Kings of Leon se superaron con Because of the Times y los Kaiser Chiefs se mantuvieron de pie con el Yours Truly, Angry Mob. Beirut continuó con su particular mezcla de sonidos balcánicos y rock en The Flying Cup Club, un poco a la manera del ucraniano Gogol Bordello, con Super Taranta!, en el que volvió a meterle sonidos esteuropeos a su particular funk. Mientras tanto, Field Music mostró notable avance con Tones of Town y su bien aprendido power pop, y The Besnard Lakes levantaron la garganta desde Canadá con The Besnard Lakes Are the Dark Horse, así como los formados en Seattle Band of Horses con Cease to Begin.

ASALTO AL ASFALTO (Y A LA PISTA)
Los dos gigantes del hip-hop actual levantaron ego y mano como para señalar que el género está vivo y rapeando: con Graduation, Kanye West se tituló con honores, mientras que Jay-Z y su American Gangster inundaron las calles y la pantalla vía la película de Ridley Scott. Dizzee Rascal, desde la isla, produjo la ecuación sónica Maths + English y Common presentó Finding Forever.
Como representante de la electrónica francesa, Justice nos aventó de pronto a la pista de baile entre el beat inagotable y la sutileza con el álbum de la cruz; el grupo de las admiraciones !!!, continuó levantándonos de nuestros asientos con Myth Takes y los Chemical Brothers lanzaron temeraria proclama con We Are the Night, al tiempo que Von Sudenfed optó más por la exploración en Tromatic Reflexxions.

SOY LEYENDA
Bruce Springsteen sigue recurriendo a su chistera de hombre de clase trabajadora y ahora, reuniéndose con la banda de la calle E, firmó el sólido Magic, al tiempo que Ry Cooder le puso música a ciertas historias de hombres de trabajo. Prince distribuyó su estimable Planet Earth de manera gratuita y el Chrome Dreams II muestra no sólo lo prolífico, sino la bulliciosa creatividad de Neil Young, misma que se desprende de Revival, firmado por John Fogerty y de Washington Square Serenade, responsabilidad de Steve Earle.
Paul McCartney nos hizo poner a trabajar el lado afectivo del recuerdo con Memory Almost Full y el viejo sobreviviente, incluso a sí mismo, Robert Wyatt firmó Comicopera; Robert Plant y Alison Krauss combinaron capacidades disímbolas para crear el muy estimable Raising Sand, de lo mejor del año. Nick Lowe, muy a propósito, tituló su reciente obra At My Age, en la que sigue combinando con mesura el country y el rockabily, mientras Richard Thompson grabó Sweet Warrior, justo cuando su Fairport Convention cumplía 40 años, nada más.

DEBUTS Y REGRESOS
The Rumble Strips y su desenfadado Girls and Weather, con todo y sección ochentera de metales, se dieron conocer, tal como el un-rave de Klaxons expandido en su Myths of the Near Futures; el cuarteto neoyorquino Battles le entró a un arriesgado conjunto sonoro con pedacería del jazz, del tecno y del glam en Mirrored, así como Voice of the Seven Woods incursionó en los terrenos de la sicodelia con su álbum homónimo. Por su parte, Maps llamó la atención con We Can Create, álbum armado a partir de un elevado pop retomando efectos sonoros de zonas aledañas.
Cuando nos despertamos Dinosaur Jr. siguió entre nosotros, ahora con Beyond, álbum en el que el nervio se mantiene tenso; The Stooges, por su parte, firmaron The Wirdness; The Eagles volvieron con el evocativo título Long Road Out of Eden, Crowded House con Time on Earth, Kevin Ayers con The Unfairground, Happy Mondays con Uncle Dysfunktional, Kula Shaker con Strangefolk y Smashing Pumpkins con Zeitgeist, dividió a la crítica: no son los de antes pero tampoco se merecían tan mal trato.

CONSOLIDADOS
Radiohead, el grupo más importante aparecido en los noventa, volvió con In Rainbows y toda una postura frente al vínculo entre artista y escucha; Spoon sorprendió gratamente con el espléndido Ga Ga Ga Ga Ga, dejando que tanto The White Stripes con Icky Thump y Bright Eyes con Cassadaga, confirmaran su capacidad para seguir confeccionando álbumes consistentes. Modest Mouse conserve intacta su creatividad en We Were Died Before the Ship Even Sank.
The National firmó Boxer, uno de los grandes discos del año enmarcado en el movimiento conocido como Americana pero incorporando otros elementos estilísticos. Manic Street Preachers nos regalaron Send the Tigers Away, su octava obra y de lo mejor que han hecho últimamente; Interpol mantuvo su estatus como banda prominente del naciente siglo con Our Love To Admire, y Wilco se volvió más accesible, aunque no por ello menos apasionante, con Sky Blue Sky.

EN SOLITARIO
Con Easy Tiger, Ryan Adams volvió a ocupar su lugar y Rufus Wainwright se colocó, con Release the Stars, como un de los más importantes cantautores del momento; Richard Hawley nos volvió a invitar a su revival 50´s-60´s con Lady´s Bridge. Devendra Banhart y su bilingüe folk piscodélico volvieron con Smokey Rolls Down Thunder Canyon, mientras que desde Senegal, el maestro Youssou N’Dour mantuvo su acostumbrada consistencia con Rokku Mi Rokka. La voz de Depeche Mode, David Gahan, se aventuró en solitario con Hourglass.

RUTAS CONOCIDAS
Tomando senderos ya recorridos, sin arriesgar mayor cosa pero demostrando que saben lo que hacen, varios grupos de cartel visible se dejaron escuchar este año: el powerpop de Foo Fighters con Echoes, Silence, Patience & Grace, The Hives, siempre al filo de la pretensión, grabaron The Black and White Album; el pop aderezado en Infinity of High de Fall Out Boy; la reconocible caja combinatoria de Linkin Park en Minutes to Midnight, y Maroon 5 con It Won´t Be Soon Before Long, disco que se deslizó entre cierta fereza domesticada y apuntes escapistas.

RUTAS ALTERNAS
Primero, el zoológico: Animal Collective con el locuaz Strawberry Jam; Superfurry Animals hizo lo propio con Hey Venus!, Panda Bear y su particular propuesta salpicada de tecno Person Pitch; Iron and Wine sorprendió con The Sheperd´s Dog. Las armonías cercanas se dejaron escuchar en Wincing the Night Away de The Shins, y a través de Peter Bjorn and John y su Writer´s Block. Bienvenido el regreso de Les Savy Fav con Let´s Stay Friends y su particular artrock, así como la presencia postbeatle de The Apples in Stereo y su New Magnetic Gonder.
Entre el punk movidito y la psicodelia más intensa transitaron las propuestas de Of Montreal con Hissing Fauna Are You the Destroyer?, de Ted Leo and the Pharmacists con Living With the Living y Against Me! con New Wave (disco del año según SPIN). Por ahí anduvo Maxïmo Park con Our Earthly Pleasures. El supergrupo The Good, The Bad & The Queen firmó album homónimo: ojalá duren, al igual que Grinderman, proyecto de Nick Cave que, como suele suceder, cautivó con álbum homónimo; Cherry Ghost y su fino pop de Thirst For Romance retrató la cotidianidad, un poco a la manera de In Our Bedroom After the War, emotiva obra de Stars.

ENTRE DENSIDADES Y PROGRESIONES
Queens of the Stone Age volvió con Era Vulgaris, mientras que, con Phil Anselmo al frente, Down firmó Over the Under, uno de los álbumes claves del rock pesado; más por los rumbos neoprogresivos, Porcupine Tree acechó con Fear of a Blank Planet y Dream Theater hizo lo propio con Systematic Chaos, mientras que Rush todavía gravita como se muestra en. Nine Inch Nails se redescubrió con Year Zero, inicio de un proyecto más amplio.

Un recorrido panorámico más que profundo. Seguro hay mucho más en la selva sonora que nos está tocando vivir. Muy buen año, lleno de canciones vitales. Felicidades.

Fernando Cuevas
Nos escuchamos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

Soldadera 128

DESAPARECIÓ UNA NOCHE: DILEMAS TRANSFORMADORES

El apego a la legalidad no siempre parece representar la mejor decisión frente al sentido común; sin embargo, si cada caso se mira desde la subjetividad de lo que sería mejor para la víctima –y cabría preguntarse según quién-, se corre el riesgo de convertir a la impartición de justicia en un insostenible entramado de particularismos. El dilema entre el respeto a la ley y la búsqueda de justicia por propia mano, se potencia cuando están involucrados niños, ya sea en caso de secuestro, negligencia o pederastia.
Basada en la novela de Dennis Lehane, quien en Río Místico ya abordaba estas temáticas –llevada a la pantalla por Clint Eastwood, y coescrita y dirigida con sorprendente nervio por el mejor conocido como actor Ben Affleck (coguionista de Mente indomable), Desapareció una noche (Gone Baby Gone, EU, 07) transita del thriller detectivesco al drama familiar y de ahí al retrato de un microcosmos en permanente estado putrefacto que sólo en la superficie parece funcionar, donde la legalidad se confunde con las buenas intenciones, más allá de los medios que se empleen.
El film se estructura en dos partes: en la primera, seguimos el caso de secuestro de una niña, hija de madre irresponsable y drogadicta (Amy Ryan), en el que se involucra el jefe de policía ya cerca del retiro compartiendo el dolor de perder a una hija (Morgan Freeman), un oficial perruno protector infantil (Ed Harris) y una joven pareja de detectives privados (Casey Affleck y Michelle Monahan), contratados por los tíos de la pequeña; en la segunda, otro caso de la desaparición de un niño, despierta los fantasmas del anterior secuestro y la verdad se va develando paulatinamente, emergiendo de las sombras que subyacen en las apariencias.
Con algunas incómodas secuencias shock y otras cargadas de dramatismo y tensión, la trama va serpenteando por rutas sorpresivas que implican a los personajes en cuanto a la responsabilidad que asumen por sus actos. Lo que sucede en la superficie parece distar mucho del entramado en el que se ha involucrado el detective privado, quien no duda de recurrir a los bajos fondos de la ciudad para buscar respuestas, aquellos a los que quizá él perteneció alguna vez.
Además de enfocarse al complejo tema del abuso infantil y del irresponsable papel que suelen jugar los medios de comunicación, la cinta nos coloca en la dificultad de la toma de decisiones y la necesaria capacidad para aprender a vivir con ellas, aún cuando toda la existencia se trastoque y se mantenga la duda sobre si se hizo lo correcto o no: el arrepentimiento acechará acaso para siempre, convirtiéndonos en fantasmas de nosotros mismos, deambulando sin rumbo y perdiendo toda certeza con la que podíamos contar, salvo el constante auto convencimiento de que se actuó de manera correcta.
Con narración en off por momentos innecesaria, elegantes desplazamientos de cámara contextuales, fotografía entrometida, música pertinente y flashbacks borrosos, como la propia historia, el film consigue retratar no sólo la descomposición de una comunidad bostoniana en apariencia tranquila, sino las motivaciones y creencias de los personajes en torno a la moral pública y las convicciones personales, atrapadas en permanentes encrucijadas que parecen excluir la ley de la justicia.
La edición con fundido a negro consigue expresar la escisión de los propios sucesos en este enjambre de versiones e historias, así como el contraste entre la verdad objetiva de la verdad pública, si es que existen ambas, a lo que contribuye un inteligente manejo del fuera de campo en el que sucede mucho más de lo que alcanzamos a ver en pantalla. Por supuesto, la ambigüedad moral plasmada tanto en los diálogos como en las acciones, permanece a lo largo del film y más allá del agridulce desenlace.
Fernando Cuevas
Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx